LE QUOTIDIEN / BUENOS AIRES PODRÍA SER LA CIUDAD DEL ARTE DE AMÉRICA DEL SUR

Buenos Aires podría ser la ciudad del arte de América del Sur

Por Germaine DERBECQ

Tendremos hoy una nueva sección de artes plásticas, por lo cual nos aseguramos la colaboración de la Sra. Germaine Derbecq, quien estuvo estrechamente involucrada, durante estos últimos treinta años, en la vida artística de París.

Sus orígenes y su cultura francesa, por un lado; por otro lado, su matrimonio con un escultor argentino, gracias a lo cual ella pudo frecuentar los medios artísticos de América del Sur, permitiéndole hablar con conocimiento de causa tanto del arte como de los artistas de Francia y de Argentina.

Ella se propone desarrollar, ante los lectores, nuevas tendencias en las artes plásticas y sus relaciones con el arte de todos los tiempos.

Hace solamente tres años que vivo en Buenos Aires, pero hace treinta años que conozco la Argentina.

Por mi matrimonio con un artista argentino, pude conocer artistas, diplomáticos, poetas, escritores, periodistas, comerciantes, personas muy ricas y otras muy humildes, verdadero microcosmos de la sociedad argentina.

Luego vinieron los años de guerra, eran escasas las noticias, la gente feliz parecía muy lejana, irreal. A pesar de esto, nos esforzábamos en imaginar lo que hacían nuestros amigos, los artistas de más allá del mar, y deseábamos que estuvieran trabajando. Debo confesar que todo lo que nos imaginamos estaba muy por debajo de la realidad. Asimismo, estuvimos extremadamente sorprendidos, a nuestro regreso, de observar la extraordinaria vitalidad del movimiento artístico: tantos artistas, exposiciones, galerías, críticos, estetas, revistas, conferencias, en fin, tanto entusiasmo, que nos dejó, al mismo tiempo, confundidos y muy felices.

Transportándome treinta años atrás, me acordaba de esta encantadora publicación: “Martín Fierro”, fundada en Buenos Aires por algunos jóvenes literatos y poetas, a los que en seguida se les unieron escultores, pintores, músicos, que pretendían defender las nuevas tendencias y se comprometían decididamente sobre la ruta de esta tierra prometida. Yo también tuve la alegría de colaborar con ellos. Su intención era compleja. Para lo heroico, los tiempos no eran propicios, una completa indiferencia los sumergió. Pero tuvieron la gloria de haber dado el primer impulso: sus ideas progresaron lentamente, secretamente, y asistimos ahora al surgimiento.

Constatando el inmenso camino recorrido, entreveo entonces esta maravillosa posibilidad: Buenos Aires, ciudad de las artes de América del Sur.

Sé muy bien que para obtener, no alcanza solo con querer, pero el hecho de vislumbrar un objetivo permite considerar la posibilidad de lograrlo, y para este objetivo bien vale la pena el estudio cuidadoso de los medios apropiados para alcanzarlo.

Creo que ningún argentino rechazará admitir que todo es posible para él cuando se trata de la gloria de su país. Sé muy bien que una pequeña frase vuelve a menudo en sus conversaciones, frase que no quiero oír: el famoso “¿Qué le vamos a hacer?”. Esta resignación, cercana a la despreocupación, excusable en un país en el que es tan bueno vivir, debería olvidarse. Cuando la oigo, me apuro a agregar: “Los argentinos ahora dicen, como los franceses: ‘imposible’ no es argentino”.

En general, cuando queremos emprender algo, observamos lo que se hace mejor en diferentes lugares, lo adaptamos a nuestras posibilidades y a su concreción, hacemos planes y comenzamos.

En primer lugar, noté que las ciudades que eran centros de arte fueron siempre lugares en los que la vida era bella, agradable, en los que la ciudad refleja esta armonía propicia para las creaciones del espíritu. En seguida lo vi en Buenos Aires, bella y acogedora, con infinitas posibilidades, su urbanización en pleno auge, su cielo inmenso, su rio extraño, y me convencí de que era el lugar perfecto.

Buscando en el pasado, y pensando en la ciudad de las artes del presente, que hoy es indiscutiblemente París, me esforzaba en comprender por qué lo fueron.

La antorcha que viene del oriente, pasando por Grecia, Italia y Francia, sin duda atravesará los mares. ¿Este camino hacia el este es inevitable? Saludemos con alegría la perspectiva de que pase por Buenos Aires.

Ya sabemos que en Argentina los artistas son numerosos, que los jóvenes están animados por el deseo de conocer, que solamente puede ser fructuoso. Hagámosles confianza, con la condición de que todos estén convencidos de la necesidad que hay para cada uno de encontrar su propio camino, de buscar la intransigencia con seriedad, la rectitud de los medios que comprende. De estar comprometidos completamente, como se dice hoy. Está claro que se harán muchas promesas y que en poco tiempo asistiremos a una proliferación magnífica de obras argentinas. Digo ‘obras argentinas’, no digo todavía ‘obras nacionales’; un arte no se vuelve nacional porque se desee: se convierte en eso, un día, a pesar de uno mismo.

Observando (...) inmensa realidad de ciudades como París, San Pablo, Madrid y otras, para sus exposiciones internacionales, es difícil no admitir que estas manifestaciones no tengan a sus ojos una importancia mayor, por su renombre y su prestigio cultural.

 

Buenos Aires podría tener ella también su exposición internacional —mi marido me dice al oído: “Ya conoces mi idea al respecto: La vivienda”—, es vital para Argentina. La primera exposición internacional de la nueva Argentina podría ser la de la vivienda, la construcción, el urbanismo. Programa extremadamente vasto ya que engloba en simultaneo a la arquitectura, la escultura, la pintura y todas las artes decorativas, sin olvidarse del arte de los jardines, que podría ser específicamente nacional.

¿Y por qué los arquitectos no construyen al mismo tiempo un museo de Arte Moderno? Teniendo el espacio contenedor, habría que pensar en el contenido, lo que incitaría un día u otro a realizarlo. No olvidemos el dicho popular: “cuando se quiere, se puede”.

Y ya estaríamos en buen camino hacia el objetivo que nos proponemos. Buscando siempre los buenos ejemplos para seguir, pensaba en Inglaterra que, estos últimos años, ha retomado un lugar interesante en el ámbito artístico. Es que, en efecto, dos veces en poco tiempo, podemos decir que dio en el blanco. En primer lugar, al presentar en casi todas las grandes capitales del mundo la exposición de uno de sus grandes artistas que ha reconocido como tal. Al poco tiempo, un concurso internacional atraía nuevamente las miradas sobre ella. La cantidad de competidores extranjeros fue tal que ha sido necesario limitar los envíos, situación que no estaba prevista. El objetivo estaba alcanzado, el mundo entero pensó: Inglaterra tiene una actividad artística, intentemos conocer a sus artistas.

El argentino, tan vital, tan inteligente, también va a encontrar los medios más adecuados para dar a conocer sus esfuerzos y los resultados adquiridos. Es perseverante porque “imposible no es argentino”. Tendrá valores para mostrar, ya que todos trabajarán y buscarán desinteresados el buen camino hacia el amor al arte. Tendrá ayuda, ya que la nueva Argentina ayuda a todos los voluntarios y a las iniciativas por el bien de la colectividad.

Como en el juego, todas las virtudes están en sus manos, tiene que ganar el partido y lo ganará.

 

Las exposiciones

La cantidad de material nos obliga a postergar hasta el sábado, día de nuestro próximo número de ocho páginas, la publicación de la crónica sobre las exposiciones, de nuestra colaboradora Germaine Derbecq

 

La exposición de Quinquela Martín

¡Quinquela Martín! Lo vuelvo a ver, hace treinta años. Sabía en ese entonces que era un gran corazón. Su exposición, que acaba de finalizar, me lo viene a confirmar. Este gran corazón lo ha entregado al puerto de La Boca.

Ha declarado este gran amor a través de sesenta lienzos de importantes dimensiones, que representan su puerto adorado, en todas las horas del día y de la noche.

A través de recursos muy directos, sin ningún intelectualismo, sin ningún “ismo”, sin ninguna transposición, pinta como lo ve, con toda la energía de su temperamento romántico. Un rojo es un rojo, un gris es un gris.

Si coloca su caballete frente a la naturaleza, a la manera de los impresionistas, él se diferencia al no traducir la luz científicamente como ellos.

Tiene una predilección por los cielos grises, nublados, tormentosos, las formas espectrales, sombrías y trágicas de los barcos, las precisas arquitecturas portuarias que representa en el lienzo con profundos conocimientos en su oficio.

Nada más natural que esta pintura tenga una gran resonancia en el corazón de los porteños. Encuentran frente a ella sus impresiones sentimentales y coloreadas de unos de los barrios más pintorescos y típicos de Buenos Aires.

G.D.

 
 

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