LE QUOTIDIEN / CONSIDERACIONES SOBRE EL ARTE REALISTA-SOCIALISTA

Consideraciones sobre el arte realista-socialista

Por Jean Bazaine

Respondiendo a la encuesta abierta de nuestra colaboradora Germaine Derbecq, Jean Bazaine nos entrega este artículo, que publicamos hoy, sobre el futuro del arte realista-socialista.

No creemos necesario presentar a Jean Bazaine, que es uno de los pintores franceses más representativos de las nuevas tendencias contemporáneas y una de las mentes más calificadas para responder a esta pregunta tan actual.

 

Es un poco fácil condenar el arte realista-socialista porque se condena la tendencia política que lo sostiene o porque se juzga únicamente sobre la extrema mediocridad de sus resultados.

No pienso traicionar el realismo socialista diciendo que tiene como objetivo el de inspirar tal o cual sentimiento en los hombres o el de hacerlos tomar real conciencia de una verdad. Se trata, ante todo y únicamente, de eficiencia. La calidad de una obra se juzga por su poder de acción inmediato sobre la mayor cantidad de personas; la calidad de los medios es el poder de persuasión.

Si tomamos, para ser imparciales, un sentimiento que cada uno comparte: el horror de la guerra, por ejemplo, no cabe duda de que una “hermosa” foto de la guerra es mucho más eficaz que cualquier obra de arte —el cadáver de un niño nos inspira más horror por la guerra que los Horrores de la guerra de Goya.

Del mismo modo que cuando se trata de imitar la manera evidente y persuasiva, el Amor de Dios, Giotto, Fra Angélico y muchos otros han tenido mucho que aprender de los artistas de St. Sulpice.

Finalmente, y en un plan más frívolo, nos dejaríamos seducir con gusto —pensarían varios— con las mujeres de Bouguereau y con las de Renoir.

Lo que complica el debate es que la inmensa mayoría de personas ha siempre juzgado de esta manera la pintura.

Hablar de El enano, de Goya o de Courbet a propósito de “arte” realista-socialista, no tiene más sentido que hablar de arte “monárquista” a propósito de Rubens o de Philippe de Champaigne.

Si hay algo viciado en el corazón de la pintura realista-socialista, no es el hecho de haber utilizado las formas de la realidad (aquí, al contrario, está el lado audaz y santo del emprendimiento), sino porque hay un error desde el principio sobre esta realidad.

La realidad de un cuadro no se encuentra al servicio de una causa, por más exaltante que esta sea. Vive para ella. Es un testimonio, pero es aquel para el pintor que lo ha animado y, a través de este último, para el hombre. Es con esto, y solo con esto, que es eficaz y fraternal. Por querer probar otra cosa que sí misma, desaparece.

No es por las imágenes que el hombre prueba su existencia y testimonia sus aspiraciones, sino dando vida a estos dobles prodigiosos de sí mismo, que son las obras de arte.

Cuanto más las obras de arte son bellas, es decir más cosas pone en juego —y en cuestionamiento— las fuentes profundas del hombre, tanto más este afirma ser digno de vivir.

Aquí reside la función social del artista. Dios, rey o recipiente, qué importa entonces el objeto.

El hombre se prueba tanto más cuanto menos busca a probar, y su combate con el Ángel no tiene otra justificación y otro precio que el combate en sí mismo.

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Nombramos de buen grado el arte de las catedrales para concretizar uno de los momentos de la historia del hombre en el cual el arte expresa plenamente las aspiraciones difusas de un pueblo —y es así como es el arte de la ambición del arte realista-socialista.

No obstante, no tenemos más bello ejemplo de un arte que encarna un ideal sin estar a su servicio. Una catedral no se preocupa por ser eficaz: lo es. Y si se afirma, es con la evidencia triunfante de un ser viviente. Está más allá de los pobres y de los medios de persuasión, en un mundo de equivalencias internas y de presencias secretas.

Más la fe cristiana se divide y empobrece, más sus recursos se exteriorizan, se hacen evidentes y agresivos. La gesticulación vacía del arte italiano decadente es la afirmación vociferante y gratuita sin la prueba del corazón, es por cierto St. Sulpice y el Cristo-Tarzán. Se necesita encontrar otros caminos.

El arte puede y debe hacer surgir grandes sentimientos, pero los grandes sentimientos no han bastado para hacer surgir una obra de arte.

Desprecio, indiferencia de la persona humana, respeto del orden establecido, todo contra lo que el realismo socialista quisiera alzarse violetamente es la imagen más fiel. Imita nuestros peores abandonos.

Pero tres palabras de Cezanne conmocionan el mundo, proclaman la libertad del hombre, su coraje.

Los grandes pintores no han tenido jamás otra misión. El pintor dijo: “Existo, entonces existes; estoy libre, entonces eres libre”, o por lo menos se esfuerza. No hay nada más que probar. El arte, antes de ser un instrumento de deleite, es una afirmación de los derechos del hombre. Más el pintor es importante, más esta afirmación es determinante: un retrato de Van Eyck, una batalla de Ucello o un desnudo de Renoir no representan un rostro burgués, una pelea de señores o los senos de una mujer; son, ante todo, uno de los grandes momentos del hombre, de los que escapa a su condición y enfrenta su destino.

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Es posible que, un día próximo, la gran ascensión de las clases obreras hacia una era más consciente tenga sobre la pintura una influencia oscura, pero determinante. Pero no será el reinado de la pintura realista-socialista; el hecho mismo que esta lleve un nombre, un nombre programa, un nombre afiche, es la garantía de su autenticidad.

Los obreros representan sin dudas lo que hay de más vital y más fuerte en el mundo actual. Representa también —cuantos de nosotros lo ha confirmado de manera conmovedora— una enorme confianza, respecto de la vida espiritual, frescura, disponibilidad. No tienen una falsa cultura, cada vez más ceñida, de la mayoría de la burguesía: son nuevos.

Es particularmente detestable abusar de esta confianza y de esta disponibilidad en él, imponiendo un “arte” que es una lección de servilismo, una agresión a la libertad de pensamiento y a la dignidad del hombre.

 

ERRATUM

Una línea mal editada había dado como resultado un primer párrafo ininteligible en el artículo de Germaine Derbecq, publicado en nuestro número del 12 de enero, sobre La participación argentina en la 2da Bienal de San Pablo. Había que leer lo siguiente: “La argentina no había participado a la primera Bienal, lo que fue, hay que decirlo, una desilusión para los artistas y para nuestros amigos brasileños”.

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