LE QUOTIDIEN / 40 PINTURAS DE LE CORBUSIER EN EL MUSEO DE ARTE MODERNO EN PARÍS

6to año, N ° 21 – Buenos Aires, 1 de diciembre de 1953

40 pinturas de le Corbusier en el Museo de Arte Moderno en París

Muchos estarán sorprendidos de saber que Le Corbusier no es solamente un arquitecto con concepciones modernas y osadas, el urbanista precursor, el constructor de ciudades modernas, el creador de nuevas capitales, reconocido y admirado por el mundo entero. Le Corbusier es también un pintor y ¡un gran pintor!

Es cierto que es recién ahora cuando el Museo de Arte Moderno de París presenta un conjunto de cuarenta de sus pinturas. En el extranjero ya le han rendido homenaje. En 1938, la Kunsthauss de Zurich le organizó una retrospectiva con cien grandes cuadros, y en 1948 eran seis los grandes museos de los Estados Unidos que habían expuesto sus obras de pintura desde 1918, fecha en la que realizó su primera exposición en la Galería Thomas, seguida de la de Druet con Ozenfant en 1921, y la última de esa época en Léonce Rozemberg en 1923.Durante unos quince años, no realizó ninguna exposición, aunque continuaba pintando, al mismo tiempo que llevaba al frente sus trabajos de arquitectura, urbanismo, escritura y obra pictórica.

En esa época, lejana y heroica de 1918, en la que en concertación con Ozenfant se creaba el Purismo, sus cuadros eran firmados Jeanneret. Acababa de fundar la revista L’esprit Nouveau (Nuevo espíritu), que se hizo conocida, y no fue por nada: ideas nuevas estaban confrontadas, expuestas por los nombres más representativos entre los más avanzados. Incluso hoy nos sorprendemos de que esta revista esté todavía tan vigente luego de más de treinta años.

Es cierto que todos los colaboradores tenían algo para decir, y Le Corbusier más que todos. El Purismo, a pesar de su brillante defensor, no fue muy apreciado en ese momento; irrespetuosamente lo llamaban “pintura bidet”. De Modrian se decía también “pintura baño”. Estábamos todavía asombrados por la época prodigiosa de la pintura que acabábamos de vivir y descansábamos tontamente, sin estar ni listos ni dispuestos a nuevos rumbos demasiado instalados en el Cubismo como para comprender lo que anunciaba el Purismo: pinturas cada vez más alejadas de la sensación de dejarse llevar, el gusto, la habilidad manual, concebida por el espíritu y para el espíritu, por los medios más perfectos inventados por el hombre: la geometría y las matemáticas. Lo que no implicaba un rechazo a lo humano sino un reajuste de un nuevo estado espiritual, resultando en nuevas posibilidades de la pintura, vislumbradas a través de diversos movimientos pictóricos.

Nuevo estado mental provocado también por el trastorno total de la vida que una guerra mundial solo podía acentuar y precipitar.

Reconozcamos que a pesar de la prematura desaparición del purismo puede encontrarse su influencia en varios artistas en este momento. Es tal vez porque significó y propuso un orden nuevo, que los cuadros de Le Corbusier de esa época son muy solicitados por los museos y por los amateurs, pero es también porque están marcados con una innegable grandeza.

Y ahora, ¿qué será de sus cuarenta pinturas que el Museo de Arte Moderno presenta actualmente a los parisinos? No es necesario ser adivino para afirmar, sin temor a equivocarse, que no podrán ser más que lo que fue la pintura de Le Corbusier a través de todas las épocas: pintura de un arquitecto, pero ¡qué arquitecto! El de una arquitectura viviente, realizada para que los hombres la vivan y que sean felices de vivirla. Una arquitectura que participa de la naturaleza, que se enfrenta a ella. Esta pintura estará ante todo nutrida de savia matemática, distribución de las formas en el espacio, en la luz, expresada en colores brillantes, en masas oscuras y claras y en las que los arabescos vendrán a agregar los signos del ser humano, ya que lo humano para Le Corbusier es el alfa y el omega de toda obra. Las medidas: pulgada, dedo, pies, etc., parte integrantes del cuerpo humano le son más familiares que el metro, eso abstracto.

Las pinturas de esta exposición no podrán más que reafirmar las grandes ideas, principios y leyes que Le Corbusier desde hace cuarenta años se empecinó en defender y en demostrar ante tanta luminosa inteligencia: el orden, la cantidad, el sentimiento que tiene el hombre en relación con el espacio que ocupa, el hombre microcosmos del universo sometido a las mismas leyes, el hombre que, para realizarse, debe necesariamente elegir. Para él, es elegir hacia el espíritu, hacia más claridad, hacia más luminosidad.

Alegrémonos de que Francia reconoce finalmente la obra de este hijo adoptivo que tanto ha trabajado para ella. Sin embargo… a Buenos Aires solo llegan ecos, a menos que la Dirección de Cultura se apiade de todos aquellos que amamos las artes plásticas —y son una legión en Argentina— y nos hagan la sorpresa de mostrarnos los grandes valores mundiales. Perteneciendo el artista a la humanidad, ser excepcional, que no se puede ni crear ni fabricar, mensaje divino que ninguna frontera debería poder frenar.

Fotogramas de Sigrid Von Schweinitz en Galatea

Recuerdo que, en 1930, Man Ray había realizado en París una exposición de fotogramas y que Picasso le había dicho: “Desde hace años que no experimento una emoción artística tan grande”.

Podemos decir lo mismo delante de los fotogramas de Sigrid Von Schweinitz. Si los materiales empleados no son los de la pintura, los conocimientos que se tienen que tener son similares: ley de contrastes, de relaciones, de la composición, de la poesía de las formas frente a la luz, etcétera.

Este joven artista posee estos recurso y estos dones que le permiten aplicarlos con un completo triunfo.

G.D.

 

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