LE QUOTIDIEN / AMEMOS Y RESPETEMOS LO MATERIAL Y ESTE NOS HABLARÁ

Amemos y respetemos lo material y este nos hablará

El material con el que se trabaja, el que fuera, debe ser respetado, escuchado, amado, y será dócil.

 

Es lo que los alumnos de arquitectura del Grupo Pierre de Montereaux han intentado demostrar en sus trabajos de taller que fueron expuestos en los locales en los que trabajan, en la calle Alsina. Su profesor, Horacio Pando, es un joven arquitecto perspicaz.

Los materiales que sus alumnos utilizan son los más comunes que se pueden encontrar: alambre, varillas de metal, tacos de madera, lienzo, hilo o papel. En la primera impresión, se podría creer que se trata de esculturas modernas, o de construcciones matemáticas. No es nada de esto. El objetivo de esta exposición no es lo estético, y no apunta tampoco a la demostración de hechos matemáticos. Se trata únicamente de la aplicación del siguiente enunciado: “La calidad de una estructura consiste en obtener la máxima tensión con un mínimo de material”.

Esta pequeña frase, que no parece gran cosa, debería determinar la estructura.  

Para el arquitecto —es una verdad indiscutible— la resistencia del material debería determinar la estructura. Sin embargo, no es siempre así. En general, en las escuelas de arquitectura, trabajan sobre todo en los planos y lo resuelven luego, como pueden, con el material. Al proponerles a los estudiantes de primer año que comprendan este postulado, se les estará permitiendo renovar el repertorio en el empleo de las formas más o menos convencionales para crear nuevas estructuras, de apariencia sorprendentes y perfectamente viables, ya que habrán sido concebidas, ante todo, en función de la resistencia.

Las propuestas fundamentales se simplifican de la siguiente manera: “El hombre, cuando desplaza su centro de gravedad, establece una serie de estructuras; al trabajar la materia, forma con ella una estructura, y percibe instintivamente su intimidad, su resistencia en relación con su esfuerzo. El hombre une en la imaginación las estructuras materiales muy complejas con el proceso anterior de esta intuición elemental”.

Lo que podría desalentar los ánimos reflexivos son los medios empleados: sentido táctil e instinto. Dos condiciones que pueden generar desconfianza. Examinando con atención estas construcciones espaciales, podemos únicamente pensar que se trata de una verdad. En realidad, no es el instinto el que guía la mano sino la comprensión de la relación del hombre con el universo, ya que al tomar un material para crear una nueva estructura sabemos que nosotros y él estamos sometidos a la misma ley de gravedad y pesadez. Tratémoslo entonces como a un amigo y no lo maltratemos, como suele pasar. Entonces, nos hablará, sabremos lo que podemos esperar de él: puntos de fuerza, de resistencia, dinamismo, harmonía, creación.

Cada uno de nosotros podrá entretenerse observando en la vida cotidiana las aplicaciones, en general instintivas, de este principio.

Recuerdo esta gran modista parisina que hacía sombreros que eran obras de arte. Me solía decir: “Debo luchar con mis empleadas para hacerles comprender que deben estudiar el material con el que trabajan, a fin de respectar sus posibilidades”. Para demostrármelo, tomaba una cinta, y dándole forma, me explicaba: “Si quiere hacer un moño, no aplaste la cinta, encuéntrele placer a este material, busque valorarlo”. De sus ágiles dedos salía, como un pajarito lo hace de los dedos de un prestidigitador, el moño más dibujado, mejor construido, más espiritual que se haya visto.

Los principios propuestos a los estudiantes del “Grupo Pierre Montereaux” han sido demostrados en muchos ámbitos, pero no fueron aplicados en las escuelas, salvo algunos casos aislados. Sería deseable que este tipo de experiencias sean puestas en práctica. No caben dudas que generarán nuevas visiones, al abrir puertas cerradas, en las que se podrían descubrir tesoros insospechados.

Germaine Derbecq

 

Pedro Figari en la Galería Witcomb y en lo de Peuser

La Galería Witcomb, que editó un libro sobre el pintor uruguayo Pedro Figari, considerado como uno de los mejores pintores de América del Sur, presenta al mismo tiempo unos treinta cuadros de este artista, que son de muy diferentes calidades.

Por otro lado, el P.E.N., club argentino, presenta la colección de Janos Peter Kramer, es decir veinte cuadros de Figari.

Para los que solo conocen fragmentos de la obra de este artista, podrán hacerse una idea bastante precisa con estas dos exposiciones.

Pedro Figari habría podido ser lo que llamamos en Francia un “pintor de domingo” muy auténtico —el más perfecto representante de estos pintores fue el aduanero Rousseau—. Lamentablemente, Pedro Figari era un hombre culto, y esta cultura no fue transmitida a su pintura. Podemos constatarlo al mirar su retrato, pintado por él mismo, y ciertos paisajes, testimonios pobres de las influencias de amigos artistas con los que se juntaba. Olvidemos sus errores e inclinémonos sobre su verdadero personaje, encantador como hombre y como artista. Cuando lo conocí … [error de edición del artículo original, falta una línea] …, pero sus chispeantes ojos, su risa juvenil, sus objetivos alegres, eran los de un adolescente, y con gran placer lo encontrábamos siempre feliz y alegre.

Esta fascinación ante la vida, que guardó hasta el final, es lo que le permitió pintar esos lienzos encantadores, expresiones de su instinto de niño grande.

 

Bruno Venier en la galería Plástica

La galería Plástica presenta un conjunto de cuadros de Bruno Venier. Las obras de este pintor me recuerdan la apariencia de algunas naturalezas muertas de Picasso, pintadas alrededor de 1930 y que tenían aspecto de vitral. Líneas oscuras fragmentaban la superficie, mientras que el color, denso y duro, parecía iluminar el exterior. Picasso, como era habitual, no continuó por mucho tiempo con estas experiencias. Eran particularmente peligrosas. Aunque un artista como él pueda permitirse este tipo de ejercicios, no debe pasarse del punto de tensión. Dio media vuelta y continuó por otros caminos.

Bruno Venier encontró esta manera de pintar que, supongo, debe satisfacerlo ya que insiste. Así como yo insisto en creer que podría aprovechar mejor sus dones y partir él también hacia otros caminos en el que los obstáculos serían menos numerosos.

En sus últimos cuadros, parece querer reconsiderar la organización de las superficies y simplificarlas, pero lo hace aún con mucha timidez.

G.D.

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