LE QUOTIDIEN / USTED TAMBIÉN PUEDE SER COLECCIONISTA // SPILIMBERGO // SIGNIFICADO DE DOS EXPOSICIONES EN LA GALERÍA VAN RIEL

5to año, n° 289 - Buenos Aires, 27 de octubre de 1953.

Usted también puede ser coleccionista

¡Ser coleccionista! Palabra que evoca tantas imágenes, unas más grandiosas que las otras: mecenas, palais, cuadros únicos en el mundo, objetos raros, gemas de Las mil y una noche. Si es que ese tipo de coleccionista de otra era existe todavía entre los célebres banqueros, poderosos de la industria, “reyes del petróleo y del acero”.

Es una especie que se encuentra en vías de desaparición. Fue remplazada desde principios de este siglo por el aficionado al arte. Los medios de este último son mucho más modestos. Se acerca a todos los ámbitos y se interesa exclusivamente a la pintura y a la escultura de su época, en su expresión más avanzada: el arte del mañana.

A partir de Cézanne y sus impresionistas, hemos conocido aficionados del arte extra lúcidos que, veinte años antes de su consagración reconocían el valor de una nueva obra. ¿Por qué no podríamos hacer lo que otros han podido demostrar a menudo tan brillantemente? ¿Cuáles son las cualidades que tiene que tener un buen coleccionista?

La primera, indispensable, es… el amor por el arte. Quien la posea tendrá la paciencia, la perseverancia y el coraje.

Su elección recaerá en los artistas poco conocidos y tendrá de esta manera la felicidad de descubrir y de profetizar. La trampa está en el déjà vu, la dificultad, en reconocer los continuadores para no confundirlos con los seguidores. Este aficionado será el buscador, el navegante solitario, el que juzga por sí mismo. ¡Juzgar por él mismo! Con su corazón —sin sentimentalismos—, con su instinto, su inteligencia y, en último lugar, sus conocimientos. No debe tener miedo de una nueva expresión, muchas veces el desacuerdo no es más que aparente. Analizar, comparar, y… equivocarse si es necesario.

Como lo contaba tan finamente el profesor Langevin que había pasado diez años de su vida a los estudios físicos, que se dio cuenta un día que era todo falso. Langevin concluyó: “El día que me di cuenta de mi error hice realmente avanzar la ciencia”. El nuevo coleccionista avanzará él también en proporción a sus errores.

Tenga tanto coraje como sus grandes predecesores. Acuérdese de Berthe Weil, que fue en sus tiempos, 1900, la providencia de los pintores Fauvistas. Se instaló sin un centavo en un pequeño local de la calle Victor Massé, en donde agrupó los pintores que fueron los más grandes nombres del arte moderno: Picasso, Matisse, Derain, Dify, Rouault, Utrillo et tantos otros. Aquello parece muy fácil hoy en día, pero en su época fue una visionaria. Tenía un local, pero no era vendedora. Le gustaban esas nuevas pinturas, su desinterés era proverbial y no obtenía más que algunos francos de beneficio sobre un cuadro. Su vida terminaría miserablemente, sin la ayuda de sus antiguos amigos, los pintores. Reconozcamos que este tipo de coleccionistas son tan dignos de admiración como los artistas mismos.

Otro memorable ejemplo es el de André Farey, aficionado del arte, él también, y conservador modelo del museo de Grenoble. Su amor por el arte moderno, su fervor, le dieron la capacidad necesaria para opinar para llevar por buen camino su colección e imponerla en las salas de un museo de provincia. Tuvo que ser valiente para relegar a las cavas las celebridades oficiales, queridas por sus conciudadanos, y remplazarlas por esos “horrores modernos”. Esto le valió no solo la desaprobación de la mayoría, pero sobre todo de la crítica reaccionaria. Su representante, Camille Mauclair, que de tan malo era ciego, lo denunció durante la guerra en un parte nazi como propagandista del “arte viviente”, empresa judía y bolchevique —frase que escuchamos todavía hoy en día, ligeramente modificada—. Esto le valió momentos muy difíciles. Un coleccionista como este no debe rendirse por tan poco. Farcy había tenido la satisfacción de ocuparse de la reorganización de su museo reorganización de su museo con medios económicos modestos. Podemos decir que en veinte años compró no solamente por setecientos cincuenta mil francos pinturas poco conocidas, incluso desconocidas, y que eso era su fórmula —como puede ser la suya—, así como cuadros importantes de los más grandes maestros del arte moderno: a decir verdad, los pintores se interesaban por su esfuerzo y colaboraban con él. Matisse le ha donado un cuadro para su museo, que ahora vale millones. Esto prueba que la fe, como virtud, es recompensada.

Les deseo, queridos coleccionistas, que las obras maestras de su colección sean tan numerosas que, al igual que las del museo de Grenoble, se encuentren a la paciente espera de ser colgadas.

Germaine Derbecq

Spilimbergo

EN LO DE BONINO

La galería Bonino presenta un conjunto de pinturas, acuarelas, etc. de Spilimbergo. Este pintor, considerado como uno de los maestros del arte contemporáneo en Argentina, ha tenido una gran influencia en la juventud desde hace unos quince años. Trabajó un cierto tiempo en Paris y asimiló muy brillantemente los consejos de André Lhote, quien le tenía una gran estima.

Se creó una personalidad, no una estética. Su oficio era muy sabio: su técnica bien a punto. Se expresaba con valores y contrastes simultáneos más que por los colores; el dibujo y la composición son muy estudiados.

Con todas esas cualidades, es natural que se haya impuesto inmediatamente y que haya sido revolucionario.

Su obra quedaría suficientemente arbitraria sin los rostros y ,sobre todo, sin los ojos de esos rostros. Miradas pesadas, misteriosas, abiertas dolorosamente sobre los desconocidos. Este contenido humano no sorprende cuando conocemos la naturaleza profunda y sensible de este artista.

Significado de dos exposiciones en la galería Van Riel

Estas dos exposiciones son las de La Rosa Risso y la de Kazuya Sakai. Por un lado, La Rosa quería expresarse con su lenguaje propio, pero no ha todavía forjado sus palabras y tampoco sabe exactamente lo que quiere decir. Inútil de subrayar el drama de tal situación.

Kazuya Sakai. Él está usando una estética que ya se ha demostrado con frecuencia, y el drama no es menos importante, porque no se trata de establecerse convenientemente allí.

Estos dos pintores son los perfectos representantes de dos actitudes que el artista puede tomar: Crear o continuar.

Es evidente que es más sabio partir de una estética que ya ha hecho sus pruebas, elegida entre las que mejor le corresponden según el temperamento, y esforzarse por traer la piedra que contribuya a hacer progresar el edificio.

Ya que crear desde las bases es un proyecto de titanes, reservado solo para algunos elegidos.

Estos artistas que exponen hoy en Van Riel, ambos estimados, no disimulan sus dificultades, aunque tampoco buscan esquivarlas. Hacen pensar en esos malabaristas que con algunas pelotas trazan en el aire unos arabescos danzantes para nuestro mayor deleite. Su éxito depende del trabajo duro, lucidez constante y precisión absoluta. Que uno de estos factores falle un cuarto de segundo, que una pelota caiga, hace que todo el edificio se desmorone, la ilusión se desvanezca.

Los pintores no temen un desastre tan espectacular, y esto es una pena, requeriría que sean más cautelosos.

 

G. D.

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