LE QUOTIDIEN / EXPOSICIONES. OSKI, MAKARIUS, HORACIO COPPOLA // A PROPÓSITO DE ALGUNAS OBRAS DE HENRY MOORE 

Viernes, 13 de mayo de 1960

Exposiciones

Oski en Bonino: recrearse una ingenuidad no es para todo el mundo, Oski lo logra a menudo con recursos plásticos

Makarius en Galatea: bellas síntesis sin un análisis previo suficiente

Horacio Coppola en Van Riel: un poeta de la fotografía

Arte Bruto es la etiqueta que podríamos ponerle a las pinturas de Oski, conocido por sus dibujos humorísticos que representan grotescos pequeños personajes que se desenvuelven en la vida cotidiana. A simple vista, dibujos y pinturas no parecen tener ningún parentesco, en sus formas expresivas de hecho no hay ninguna. Es en el plano estético que la paternidad de dos géneros es evidente: misma ingenuidad deseada y obtenida, misma identificación absoluta con las cosas por los recursos inteligentes y una fina observación.

Las expresiones del Arte Bruto no rechazan las torpezas infantiles —círculos mal hechos, nariz en triangulo, ojos como botones, bigotes postizos, etc. Oski tampoco. Las utiliza para sus fines: dar la impresión de un impulso primario. Su originalidad consiste en poder integrar los hechos plásticos, pero sin parecer sabio. Sus obras adquirieron de esta manera clase y consistencia. Hay asimismo un rechazo de la receta ya preparada, una necesidad de encontrar soluciones propias que hacen que sus pinturas, que aborrecen todos los estilos, hayan adquirido un estilo personal.

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En el lado opuesto de Oski, se sitúa Makarius. Este artista de la fotografía retomó la pintura luego de encontrarse con el pintor Mathieu. Sin ninguna duda, es el encuentro más peligroso que un pintor pueda hacer si no está lo suficientemente armado para discernir que la pintura de Mathieu representa el final de un ciclo que comenzó hace más de un siglo y que no queda mucho para tomar a través de su obra. Obra que exprimió hasta el final para extraer lo esencial del cúmulo de material plástico vivo, que sería mejor ir a buscar a otro lado, allí donde Mathieu lo tomó, allí donde se ofrece a quien quiera verla y sin toda la riqueza.

Que sobre un fondo más o menos unificado Mathieu regrese con una escritura muy en relieve, una caligrafía bien estudiada sobre la cual meditó, que logre transformar un recurso manual, un oficio, en una técnica, solo puede ser válido para él. Pero cuando Makarius remplaza esta escritura por chorros y por salpicaduras, resulta un oficio hermoso, agradable, realizado con el mejor buen gusto, procurando un placer a la vista rápidamente agotado. Es posible que, con el recurso mecánico, Makarius haya encontrado un impulso para pintar; para obtener expresiones más profundas y más verdaderas, debería retomar por su cuenta el camino inverso, recorrerlo a partir de esta síntesis muy rápidamente adquirida hasta un análisis hecho por él y para él.

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Miércoles, 30 de marzo de 1960

A propósito de algunas obras de Henry Moore

Presentadas en la sede de la Asociación Argentina de Cultura Inglesa, de la British Council

Luego de un siglo xix que, en Inglaterra, no conoció más que esculturas únicamente abocadas a la búsqueda de la perfección académica, desde algunos años una verdadera generación espontánea de artistas ha surgido, generando un enriquecimiento del arte de la vieja Albión, al presentar un verdadero psiquismo de la raza como ninguno de sus artistas lo había hecho hasta ahora, salvo Turner.

No les fue difícil a cada uno de los seis o siete escultores, que se cuentan en esta nueva ola, deshacerse del conformismo reinante que había paralizado la libre expresión en sus padres. Combatientes de la última guerra mundial —las dos, para Moore—, apoyados estéticamente en el Surrealismo, filosóficamente en el Existencialismo, plásticamente en los descubrimientos sucesivos de sus hermanos artistas del continente, pudieron recortar nuevas imágenes del mundo, alucinantes, cargadas hasta el tope de percepciones desconocidas, que contaban sin falsa vergüenza las angustias de sus almas, los tormentos de sus corazones, las dudas de su inteligencia, con la naturalidad plástica de una fuerza vital orgánica.

Moore, el más anciano de este linaje, nacido con el siglo, realizó su primera exposición en Londres en 1928, y luego otra en Nueva York en 1943, y en las principales ciudades capitales europeas entre 1949 y 1950. En menos de veinte años, su obra se impuso universalmente.

La exposición, que tiene lugar actualmente en Buenos Aires, o la manifestación cultural, —entre otras numerosas organizadas periódicamente con fe, inteligencia y perseverancia por el British Council— comprende cuatro bronces, once dibujos, acuarelas, litografías, grabados y diecinueve fotografías tomadas por el artista. Exposición reducida, pero suficiente como para mostrar la importancia de la obra de Moore, para convencer sobre su excepcional calidad.

La filiación de su obra podría ser Maillot y Laurens en lo que respecta la búsqueda del volumen y de su desarrollo integral en la luz; el arte precolombino en su monumentalidad, su fuerza psíquica, la belleza del material; el arte griego en su estructura y su luminosidad. Obra figurativa e igualmente abstracta, fusión de dos expresiones. Las soluciones plásticas encontradas por Moore no podrían haber sido tan numerosas, tan firme y seguras sin los “descubridores” de estos cincuenta años. Recogió el usufructo cubista y surrealista como un gran señor de la forma y del arte.

Desarrollar los planos o los volúmenes con la originalidad en los medios, integrarlos en el espacio, darles un peso y una vida. En pocas palabras, crear una nueva realidad solo le pertenece a él.

Como todos los creadores, tiene una facultad de asimilación morfológica poco habitual. Si se inspira en una estatua precolombina al punto de aceptar toda la estructura, la recrea, y es con un placer de gran calidad que se identifica el arte precolombino a través de su temperamento. Si se inspira en las formas vegetales, animales, en la naturaleza de un paisaje, no se trata más de un préstamo, sino de un mimetismo.

En la Segunda Bienal de Escultura al aire libre en Middelheim, en Bélgica, la manifestación de escultura mundial más espectacular, los ingleses estaban perfectamente representados, y Moore más que ninguno entre ellos. Al lado de obras antiguas estaban las nuevas, monumentales mujeres sentadas, que más que mujeres eran síntesis, se imponían en el paisaje con la autoridad de las arquitecturas antiguas, manejando la luz, no permitiendo la absorción de las formas, obligándolo a hacer lo contrario, a exaltarlas —fenómeno más raro de lo que parece, Rodin mismo lo logró con su Balzac—. Es que Moore, más que ningún otro escultor, trabaja para la luz y por la luz, a tal punto que hay impresionismo en sus soluciones plásticas, y no es un sofisma, como para los pintores, el escultor trabaja para la luz, determina, construye, deformas, afirma, diluye, ahueca, amplifica.

Moore, que surgió en un momento trágico de la vida del pueblo inglés, es como un símbolo de su vitalidad y de su facultad de adaptarse a un nuevo orden, siempre estando bien anclado en el pasado.

 

Germaine Derbecq

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