LE QUOTIDIEN / MUSEO DE BELLAS. ARTES EL 46º SALÓN NACIONAL DE ARTES PLÁSTICAS

Lunes, 2 de diciembre de 1957

Museo de Bellas Artes. El 46º Salón Nacional de Artes Plásticas

Calidad: mediocre, más oficio que creación.

Tendencia dominante: independiente modernizante

 

Salvo algunas raras excepciones, las pinturas, esculturas y grabados, cerca de cuatrocientos, expuestos en el Museo, llaman poco la atención. Todo el interés de este Salón gravita alrededor del Gran Premio de Pintura y de Escultura.

En efecto, la pintura más retrógrada del Salón fue juzgada como la más digna de recibir el Gran Premio de Honor, unánimemente y en la primera vuelta.

A propósito, era bastante interesante acercar dos eventos en apariencia dispares que tuvieron lugar casi simultáneamente: la proeza aérea del presidente Aramburu atravesando la barrera del sonido y la más alta recompensa del Salón Nacional otorgado a una pintura cuya estética es del tiempo de las carretas.

Para los que la pintura no es nada más que una decoración para un living o una habitación, no comprenderán cuál es la conexión entre estos dos hechos aislados. Pero los que admiten, una vez por todas, que la pintura no es solamente un mundo imaginario codificado arbitrariamente, sino un medio de capturar e imaginar el mundo, una actitud de la mente del ser humano en el universo y en la sociedad, un lenguaje que debe reflejar sensaciones, transmitir pensamientos que coinciden al mismo tiempo con la vida activa, intelectual, psicológica, no se sorprenderán.

En cuanto a los que no les temen a las comparaciones intrépidas, objetarán sin dudas que, ya que Delacroix rehízo la gran pintura decorativa veneciana y flamenca dos siglos después de que esta estuvo en su apogeo, el laureado del Premio de Pintura, Aurelio Canessa, podría rehacer él también un Millet, cien años más tarde, si eso le agradaba.

Independiente del genio de Delacroix, no hay que olvidar que los tiempos son diferentes. El gran romántico no tenía sobre sus espaldas, como el artista actual, el peso aplastante de cientos de obras nuevas, prestigiosas, de una independencia plástica magistral, de una creatividad técnica total. Verdaderas expresiones de los nuevos tiempos, que aportaron una liberación tan absoluta y posibilidades tan ricas que es imposible para los artistas contemporáneos volver atrás. Si bien en los tiempos de Delacroix se percibían signos anunciadores de estas revoluciones, el prestigio de la Escuela era aún inmensa. Hoy parece un emprendimiento destinado al fracaso el hecho de que un artista en 1957 comience en las tímidas independencias de Millet, las cuales no apuntaban al abandono del tema noble, a una simplificación del dibujo y de las masas —aprendido de Delacroix y de los grandes españoles, de los cuales una importante colección podía verse en ese entonces en París—, en el que no se agregaba más que una sentimentalidad, es cierto, de noble calidad, pero que no tenía demasiada importancia. Puede satisfacer al artista, pero difícilmente llegar al nivel de los contemporáneos, salvo los rezagados del estilo sensibleros en un pasado convencional del estilo de las postales.

Si la pintura de Aurelio Canessa demuestra, en cierta medida, que sabe manejar los claro oscuros, de los cuales hace resurgir diestramente la pintura, compuesto por dos paisanos, el resto del cuadro está vacío, las gallináceas agrupadas en esta parte del cuadro —cuadro llamado El gallinero— se confunden en una penumbra térrea.

¿Qué quisieron demostrar los miembros del jurado premiando este cuadro? ¿Llamar la atención sobre una estética que desearían que regrese? En este caso, les decimos: “señores, los dejamos comenzar con esta experiencia”. Uno de ellos, Premio Palanza, con una pintura de un modernismo fácil, del estilo anarquista espontáneo, ¿aconsejaría una marcha atrás? Es más razonable pensar que en el ejemplo de los políticos —no hace falta decirlo: con las mejores intenciones— fue necesario plegarse a los juegos de combinaciones de voces. No le incumbe a nadie todo el error, y mucho menos al jurado.

Los artistas tienen ellos también su parte de responsabilidad. En el conjunto, las obras que enviaron no los representan muy bien, lo que convirtió la tarea del jurado en algo más difícil aún. Del Prete, que habría podido merecer el Gran Premio —en el Salón del año pasado, dos artistas de su época, ¿no recibieron las dos más altas recompensas? — solo envió un pequeño cuadro. Sin embargo, sabemos que algunos prejuicios que tendríamos que revisar obligan a no conceder un gran premio solamente por el hecho de considerar ante todo el criterio y el peso, y luego la calidad estética y plástica.

En cuanto a los Premios de Honor de la Escultura, la solución fue simple: no le fue otorgado a nadie. Así como la unanimidad fue fácil de lograr sobre una obra retrógrada y con un nombre discretamente conocido del Premio de Pintura, ahora también las voces fueron difíciles de reunir en la obra rica en influencias plásticas de Curatella Manes. Si tres voces fueron fieles desde el principio, la cuarta, en la segunda vuelta no fue suficiente, ya que la quinta se empecinó en rechazarlo, para luego ofrecerse para otro premio, que se intitulaba Misterios del jurado.

Por suerte, el discurso del ministro de Educación hacer prever una revisión de las reglas actuales. Ya es tiempo.

Sean cuales fueran, sería sumamente interesante que se lleve a cabo un proceso verbal de deliberación del jurado, que permita hacer saber las consideraciones plásticas que motivan la aceptación o el rechazo de las obras.  

Si hubiera sido de esa manera, hubiéramos sabido la razón por la que Cogorno y Presas votaron por Aurelio Canessa y por qué Fernandez Marx obstinadamente rechazó su voto a Curatella Manes.

 

Germaine Derbecq

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