LE QUOTIDIEN / TORRES AGÜERO EN BONINO // UN ARTISTA FRANCÉS SE LLEVA EL GRAN PREMIO DE PINTURA EN LA BIENAL DE VENECIA

8vo año – N ° 221 – Buenos Aires, 3 de agosto de 1956

Torres Agüero en Bonino

Las obras de Torres Agüero, al igual que las de algunos otros pintores argentinos reconocidos, son en gran parte de tendencia figurativa, un naturalismo que se ha permitido muchas libertades, incluso las de ser abstracto, habiendo renovado su estilo ante las obras de grandes maestros y de importantes movimientos plásticos que se fueron sucediendo desde hace un siglo.

En una exposición anterior, Agüero había presentados pinturas casi ingratas —siguiendo su propio buen gusto, pero no el del arte— que podrían hacer suponer una revisión de valores y sobre todo una atención muy especial aportada por una visión personal. En este debate del artista con la impresión, la expresión, la idea estética y la técnica, se despejaba un acento de sinceridad muy simpática en este tiempo de pintura para el fanfarroneo. Sin embargo, en esta nueva exposición no encontramos casi rastros de estas buenas intenciones. Como si el pintor, cansado de no haber sido comprendido, hubiera hecho suyas las palabras del buen gusto de la mayoría, realizado cuadros construidos, bien pintados, con colores agradables, ejecutados con un despliegue de conocimientos y un abandono tácito de sus dones evidentes, a fin de realizar una “bella exposición”. Para casi todo el mundo, habrá tenido éxito. Es que los recursos empleados por los pintores figurativos modernos “al día” son mucho más plásticos que en cierto tiempo de academicismo de Bellas Artes y pueden ilusionar a algunos. El talento que Agüero desplegó para realizar estos veinticuatro cuadros no satisfará a los que esperaban de él victorias menos fáciles o búsquedas más profundas.

Agreguemos además un pasaje significativo del prólogo que podría ser el índice de una confusión bastante frecuente entre el arte y la técnica: “Ciertas pinturas de esta exposición me han recordado los fabulosos Turner de la Tate Gallery”. Y me doy cuenta ahora cual es la razón de su debilidad. Les falta a estos paisajes irreales, que podríamos situar en el arte abstracto de nuestros tiempos, un deseo constructivo, una disciplina espacial…

Aunque no le guste al prologuista, la construcción de los cuadros de Turner por el color y el equilibrio de las masas era exactamente el que le convenía.

En cuanto a la disciplina espacial, podemos aprender mucho todavía de los espacios infinitos magistralmente recreados por el maestro inglés.

 

Germaine Derbecq

8vo año – N ° 225 – Buenos Aires, 8 de agosto de 1956

Un artista francés se lleva el Gran Premio de Pintura en la Bienal de Venecia

No terminamos aún con los galardones de los grandes premios de pintura de las bienales internacionales otorgados a septuagenarios. Después de Matisse y Dufy, que recibieron el Premio de Venecia en 1950 y 1952, Fernando Léger, quien lo recibió en San Pablo en 1955, hoy, es el octogenario Jacques Villon a quien se le otorgó el Gran Premio de Pintura de la 28° Bienal de Venecia.

Un público poco prevenido podría pensar que se trata de vocaciones tardías o de reputaciones que se afirmaron de manera dificultosa. Casi todo el mundo sabe que no es eso. Todos estos pintores son conocidos mundialmente, y desde hace mucho tiempo, porque ellos han creado una obra que no solamente es importante, sino que le hace honor a la humanidad.

Jacques Villon, desde 1911, adhirió al Cubismo, luego de haber conocido el Impresionismo y el Fauvismo. Pero no fue más que un corto pasaje. Casi inmediatamente se definió más como un pintor abstracto que como un pintor cubista. En 1913 fue uno de los fundadores del famoso Salón de la Selección de Oro, que reunía artistas como Archipenko, Delaunay, Gleizes, Kupka, Léger y Picabia, considerados hoy en día como los pioneros del arte moderno, así como del trío de los hermanos Villon, que se convirtieron en célebre en las artes plásticas en diferentes aspectos.

Es cierto que es raro encontrar en tres hermanos tales constancias en un ideal común, un mismo coraje para defender las ideas y un idéntico entusiasmo y una similar perseverancia para realizarlas. Tanto en Marcel Duchamp (Villon), “el peleador”, el gran jugador del Dadaismo, que se había jurado estar a la par con la empatía general de un público cautivado por el arte del pasado, que conmocionó Nueva York en 1913 con su célebre cuadro abstracto, Desnudos bajando una escalera, como en Duchamp Villon, el ángel anunciador de la escultura moderna, cuyas obras con una plasticidad excepcional fueron “máscaras esculpidas” para los artistas, como decía Bourdelle, una severa advertencia, y como en Jacques Villon, del cual la vida es una larga paciencia y cuya obra ha sido realizada a lo largo de años de experiencia y de búsquedas que evolucionaban entre la abstracción y la figuración. “¿Sacar todo de uno mismo?” se preguntaba. “Sí —continuaba—, no se trata de instalarse en una obra ya masticada, madurada por otro, de acordar una importancia exagerada a la emoción que le proporciona, que no es la emoción de una emoción. Pero no es fácil y la obra del pintor no es muy abundante”. Lúcido y valiente, buscó conciliar el impresionismo y el cubismo, que parecían inconciliables. Esta intención lo alejó de muchos de sus pares. Kahnweiler, uno de los marchands más visionarios y apasionados del arte moderno, decía que esta pintura “no abría ningún camino”. Este reproche habría podido tener algún valor si Kahnweiler no hubiera admitido en su galería solamente “abre puertas”.

En realidad, alrededor de la pintura de Jacques Villon hubo un clima de indiferencias bastantes inexplicables para una obra auténtica, al lado de tantas mediocridades. Pero el pintor imperturbablemente continuó su obra y logró sus objetivos: integrar a construcciones arquitectónicas una visión naturalista que no sea una ventana abierta hacia la naturaleza. Para lograrlo, era necesario haber conocido una larga disciplina, la de la geometría y de los números, y haber también adquirido una visión nueva. Sobre una osatura ligera, sobre una armadura delicada, que no busca a disimularse, manchas de colores luminosos, finos, y fuertes al mismo tiempo, tonalidades imprevistas, recrean una atmósfera que no es naturalista, pero que no es tampoco absolutamente pictórica. Pintura indiscutiblemente de gran talento como la de Villon, pero el último llamado de Roncevaux, la última obra talentosa de una época que fue la de su juventud, indicando bien claramente que hay que ir para otro lado, que es imposible apoyarse en el Cubismo y en el Impresionismo sin considerarlos en función de las necesidades plásticas, de los conocimientos científicos, de todos los aspectos de las nuevas condiciones de vida.

Sin embargo, la obra más que estimable de Jacques Villon prueba que en materia de artes, nada es inconciliable, que todo es posible cuando el artista está armado de una profunda fe, que posee la ciencia de las búsquedas que persigue y que es completamente desinteresado.

 

Germaine Derbecq

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