GERMAINE POR MAURICE RAYNAL

Raynal, Maurice; Germaine Derbecq. Buenos Aires, Talleres Graficos Russo, 1953.

Nací en París con el siglo.

En general, se dice, con el arte nuevo, el subterréneo, los fonégrafos y la cinematografía.

Mi familia, burguesa, me proporcionó una infancia mimada,sin historia. Esta fue toda interior.

Para apaciguar mi niñez nostálgica ma bonne (como se llamaba entonces a las ayas y a menudo era verdad) me leía el Evangelio. Los grabados del libro me interesaban. Supe más tarde que reproducían bastante mal los cuadros célebres.

Un día mi hermana mayor, que estaba casada, trajo su caja de acuarela. Quedé tan deslumbrada que me regaló una para mi cumpleaños.

 

No sabia usarla, traté de hacer lo que ella hacia: flores.

La pintura al agua es muy difícil, la pintura al óleo es harto mas bella, me decía mi primita.

Mis padres, indulgentes, decían: ”Tal vez exponga algún día en el Salón.”

Este Salón poblaba mis sueños. Había en la biblioteca familiar dos magníficos libros que reproducían los cuadros y las esculturas de los grandes maestros expositores de ese famoso Salón edición de gran lujo, decía mi padre.

Tenia 7 años, estas bellas imágenes me llenaban de respeto y de pavor. En jamás de los jamases podría yo hacer eso...

 

El Domingo durante la misa un gran cuadro me fascinaba... y me aburría, tan grande, tan sombrío: era un Delacroix.

Un día, una persona de mi familia vino a buscarme para ir a reír al Salón de Otoño: ”A ti te interesará la pintura, allí verás lo que no debe de hacerse."

Creo que tenia 10 años. Mi ángel guardián, el que siempre me ha guiado, me condujo ante un cuadro de Matisse: Iepiano Pleyel.

Una descarga eléctrica no me hubiese sacudido mas. Quedé como clavada en el suelo, fascinada. ”¿Esto te divierte?”, me dijo mi caritativa pariente. Observando mi rostro trastornado creyó que habla almorzado en exceso y que todo aquel gentío me incomodaba. Quiso llevarme, salir a toda fuerza. Para retenerla le expliqué la pintura de Matisse, y el recuerdo sigue tan vivo que me parece que hoy no lo explicaría mejor.

 

Se decidió en familia tomar esta vocación naciente más en serio. Mi padre, que en sus horas perdidas inspeccionaba las escuelas primarias de dibujo, en la ciudad, demostró a mi madre que éstas son las mejores, las únicas, etc.. . .

Mi madre, siempre rápida en sus decisiones, fue a ver a la Directora de una de esas grandes escuelas. Se decidió que yo iría todos los jueves por la mañana. Era preciso llevar carbonilla, papel Ingres y miga de pan (?).

El primer yeso que tuve que copiar representaba una manzana, sin hoja. Con hoja era para las alumnos mas avanzados.

 

¡Cómo latía mi corazón! Seguramente yo sacaba la lengua copiando esta manzana. Había al fondo de la gran sala un rincón misterioso, oculto por lienzos: era el modelo vivo. ¿Cuándo seria admitida a ese santuario? Matisse estaba olvidado, hundido en los misterios del subconsciente; los yesos fastidiosos reinaban. . .

Mi madre, siempre vigilante, había advertido en mi signos de cansancio, acaso de rebelión; decidió que era preciso comenzar a pintar.

Si mi primer modelo fue una manzana, mi primera pintura al óleo fueron 2 limones elegidos intencionalmente de 2 amarillos diferentes. La joven que me enseñaba los misterios de la pintura, —premiada en el gran Salón—, declaró a mi madre después de esa lección que yo estaba muy bien dotada, pues había reparado inmediatamente en la diferencia de color de los 2 limones y modulado muy bien el fondo.

Yo no comprendía nada; pero el olor de la pintura y las pinturerías provistas de materiales para los artistas, me ponían en un estado de euforia.

Tenia 15 años. Una amigo me dijo: ”Es preciso ir a las Academias, es allí donde se aprende.“

Había leído en muchos libros que eran centros de perdición, ¿cómo hablar a mi madre? Mi amiga se encargó de explicarle.

El primer modelo desnudo en la Grande Chaumriére, yo no podía mirarlo. ”Te habituarás", me dijo mi amiga.

Y, en efecto, fui bien pronto una habituée. Todos los días, después de la clase, puntualmente, iba a hacer croquis.

Nalgas, pechos, es lindo, pero las líneas inferiores, la construcción que se siente, es harto mas bella.

Mi otra grande amiga también pintaba, ella me dijo: “Ven a lo de Ranson, es la única Academia donde se aprende algo.”

Serusier, Maurice Denis. Este me aseguré que yo no haría jamás pintura plana.

Por fin encontré un profesor, uno auténtico: André Lhote. Con él se aprendía y se comprendía. Gracias todavía a él por todo lo que le debo.

Un día oí: “Germaine, está bien, pero esto es de Lhote.” iAy de mi!

Dije adiós a ese querido taller en el que había pasado horas tan luminosas y volví a caer en una noche oscura, mas horrorosa que antes, en la del descubrimiento de mi misma.

Mi ángel guardián me guiaba bien. Mi compañero en la vida, apasionado de su arte y tan clarividente, los amigos de esta época maravillosa, entre todos: Maurice Raynal, Juan Gris, Le Corbusier, Laurens, Lipchitz, Gargallo, Teriade, Suzanne Roger, Beaudin, fueron para mi buenos guías y verdaderos amigos.

La guerra desató mi drama interior. No mas pinceles ni colores. Un lápiz, .una goma. Cinco años de dibujo. Como lujo algunos lápices de color. No mas amigos artistas, ni un cuadro valedero. En semejante abandono de todo lo que antes había sido la razón de ser, no es difícil despojarse de aquellas cosas superfluas que con demasiada complacencia uno se permite poner en sus cuadros, en medio de los halagos de una vida fácil. A aquel acaudalado patricio que preguntó un día a Jesús lo qué podía hacer para alcanzar la vida eterna, Jesús le respondió: “Abandona tus bienes y sígueme”. Pero el patricio tenia muchos bienes, y se olejó muy triste. . . Cuántas veces yo me alejé, también muy triste. . .

Mi caja de colores, abandonada —para un éxodo difícil— en la casa familiar y saqueada junto con todo lo demás, fue el símbolo de su propia inutilidad de antaño. Ella me había ocultado la verdadera riqueza, la que consiste en hacer algo de nada.

Un día fue preciso retomar los pinceles, no obedecían ya como antes, hubo que recomenzar, volver a partir, ajustar a las exigencias de la pintura lo que el lápiz me había enseñado.

Se cree que mi hijo, que pintaba admirablemente, como muchos niños, tenga algo que ver en este cambio.

Todo lo más, él confirma mis nuevas certidumbres.

 

G. D.

 

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