LE QUOTIDIEN / EXPOSICIONES

Sábado 13 de octubre de 1956

Exposiciones

VII Concurso de Premio Palanza en la Galería Witcomb

El vii Premio Palanza fue otorgado al pintor Santiago Cogorno, que nació en Argentina y se formó en la Academia Real de Milán. Vivió en Italia de 1931 a 1952.

Los otros nueve artistas que fueron designados para concursar eran los siguientes: Aquiles Badi, Castagnino, De Ferrari, Gómez Cornet, Larco, Policastro, Roberto Rossi, Russo y Seoane.

Este premio, que fue instaurado por el Dr. Augusto Palanza, abogado italiano, que vivía en Buenos Aires y, sobre todo, aficionado al arte, debe ser entregado, cada cuatro años a un escultor y los tres años intermedios a un pintor, por un jurado compuesto de miembros de la Academia de Bellas Artes. El monto del premio es de veinte mil pesos.

Según los textos oficiales, está destinado a “alentar a los artistas a despertar una noble motivación”. Creándolo, el mecenas y los miembros de la Academia se propusieron, por un lado “darles a los que se interesan por las Bellas Artes una orientación precisa hacia los valores significativos del arte argentino, en los momentos determinados” y, por otro lado, “designar un candidato reconocido como el mejor entre sus pares”.

Se imponen algunas restricciones, no se puede estar del todo de acuerdo sobre las intenciones que determinaron la creación de esta recompensa, pero hay que reconocer y apreciar el generoso gesto del Dr. Palanza, que tiene mucho más valor por no ser habitual dentro del medio artístico argentino, lo que es una pena. Ya que es bien sabido que en todos los países en el que los artistas plásticos modernos y antiguos tienen un lugar preponderante, son a las instituciones no oficiales, a las iniciativas privadas y a los gestos individuales que les corresponde en gran parte el honor.

No era necesario para los visitantes, incluso los poco iniciados, que recorrían las salas de la Galería Witcomb, ser adivinos para no tener ninguna duda sobre la obra que triunfaría. Una sabia dosificación en la selección de las tendencias orientaba infaliblemente hacia el ganador. (El mismo jurado no debería ser el mismo que selecciona las obras y el que otorga el premio).

Sería bueno aventurarse a decir que es la mejor obra la que fue premiada, pero no podemos decir que es la que reunía las condiciones conformes a las intenciones del jurado: una pintura con un aspecto moderno, sin serlo demasiado; que no sea figurativa, pero que no sea tampoco abstracta; que muestre más el juego con el pincel y con el material que el de la mente; una pintura de impulsos más que de reflexiones. En resumen, este premio orienta al público hacia una obra talentosa, que halaga el gusto por lo grandilocuente más que por la verdadera expresión, y que en consecuencia no ofende a nadie, pero sorprende discretamente. Que los próximos candidatos no lo olviden.

Es aquí donde se puede descubrir la nocividad de tales concursos. No solo para el público cuyos errores serán sancionados, pero también para los artistas que, de manera consciente o inconsciente, si quieren tener alguna posibilidad dentro de esta competición, no son del todo libres. Los premios otorgados a las mejores obras, ¡qué error! Es asimilar el arte a una mercadería, mercadería sin ninguna medida en común, sin ningún punto de referencia fijo, a pesar de todas las competencias.

En cuanto a la intención de “alentar a los artistas” y de suscitar una “noble motivación”, aunque se trate de una frase trillada por el uso, hay que reconocer que es absurda. Un verdadero artista no tiene la necesidad de que lo motiven, las razones de motivación para este tipo de actividad no les son necesarias; para él, pintar, esculpir, construir, son una necesidad orgánica. Estas frases hechas que empleamos todos los días son el signo de la confusión extrema que reina en todos los ámbitos y en el de las artes plásticas en particular.

Guardemos de todas maneras nuestro reconocimiento para el Dr. Palanza por haber aspirado a ser un benefactor de artistas. Pero tenemos el deber de luchar para preservar lo que creemos que es lo más verdadero.

Battistini y Magda Frank en Pizarro

La fuerza equilibrada de las seis grandes pinturas de Aimée Battistini sorprenden, al igual que la moderación de su dinamismo, la complejidad y la simpleza de sus ritmos.

Ejercicios pictóricos que no son simples composiciones descifradas, pero situaciones plásticas desarrolladas lógicamente con un rigor un poco intelectual, sin dudas, pero con una cálida convicción que no deja a nadie indiferente. Podemos reprochar haber cerrado los ritmos implacablemente, haber rarificado la atmósfera pictórica, no haberle dejado al espectador una vía de escape para su imaginación, pero no nos atreveríamos a decir que son lienzos pintados o papeles pintados.

Magda Frank

Al presentar unas al lado de las otras expresiones abstractas y otras figurativas ya antiguas, Magda Frank demuestra la continuidad de su obra. Su punto de partida para la inspiración precolombina se traduce en una insistencia sobre los ritmos horizontales y verticales, que son muy evidentes en las esculturas figurativas. Esos lugares del ángulo derecho forman en las figuras abstractas los ritmos abiertos, a menudo en forma de sierra, se articulan en el espacio, contrariándose y respondiéndose. Vacíos hábilmente utilizados determinan movimientos y profundidades. En la obra nueva, se notan las búsquedas que van un poco más allá, pero siempre en la misma línea plástica hechas de razón, de serenidad, de lo imprevisible.

 

Germaine Derbecq

Las Exposiciones 

Clorindo Testa y Labourdette en Antígona

El pintor Clorindo Testa es también arquitecto, o más bien el arquitecto Clorindo Testa es además pintor. Lo que no es incompatible. Le Corbusier, paralelamente a su obra de constructor, le consagró diariamente varias horas a su obra pictórica. Si el arquitecto no es siempre el que ejecuta las policromías de sus construcciones, es siempre el que crea la luz y la sombra, modulando los valores por medio de los volúmenes, las superficies, desniveles, huecos e incluso con el espacio. Los principios son idénticos para el arquitecto y para los pintores, con los recursos propios de cada arte.

Sin ninguna duda, las obras de Clorindo Testa seducen, pero son también persuasivas. Su apariencia sin artificios, la sutileza y la delicadeza de sus manchas y sus grafismos, sus equilibrios aéreos, la armadura oculta que sostiene sus expresiones poéticas, todo contribuye a emanar un encanto del cual es muy difícil sustraerse. Encanto que no es un don absolutamente gratuito, pero una justa utilización de los recursos bien asimilados y de su libre elección. La suavidad de los azules, la sobriedad de los violetas, la luminosidad de los amarillos, no son colores colocados con fantasía para “hacerlo bien”, sino para construir. Una cantidad impresionante de un tono disonante o de un complementario es suficiente para hacer vibrar todo el conjunto, a comunicarle calidez, a darle movimiento, a concederle vida.

 

Labourdette

Más que un escultor, Labourdette es modelador. Sometido al modelo, tomando el conjunto con sensibilidad y el detalle con fidelidad, no se acomoda muy bien con las ideas plásticas, prefiriendo volver a su instinto y a sus conocimientos tradicionales. Sin embargo, consigue encontrar una simpleza que alcanza a veces la síntesis, empíricamente.

Hay que reconocer que, en esta exposición, Labourdette presenta sus obras en las que se esforzó en dominar su talento de modelador, de vencer su desconfianza por las especulaciones intelectuales. Utilizando placas de cera, resuelve en cierta medida —material— la acrobacia de los dedos en la arcilla. Buscó luego estructurar mejor. Los desnudos están impecablemente esbozados, acentuada la vertical.

Luego, reconsideró las relaciones de masas. Utilizando piernas muy cortas, un torso muy largo, una cabeza muy ancha, estableció mejor las proporciones, las relaciones de volúmenes.

Todo esto indica que Labourdette es muy consciente, por un lado, de sus dones y de sus peligros, que lo hacen correr, y por otro, de los problemas actuales de la escultura que no son del todo suyos, pero a los cuales busca acceder, a decir verdad, con mucha timidez, a pesar de un desnudo brutalmente deformado que logra una cierta intensidad que recuerda, o tal vez inspira, el arte sumerio, y un animal esquematizado, este de manera un poco fácil, aunque gusta a primera vista.

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