LE QUOTIDIEN / EL 5TO SALON NACIONAL DE GRABADO, DIBUJO Y MINIATURA // GOERG ET MIRANDA

7mo año – N ° 288 – Buenos Aires, 8 de septiembre de 1955

El 5to Salón Nacional de grabado, dibujo y miniatura

Este Salón se realiza este año en las espaciosas salas del primer piso del Museo Nacional de Bellas Artes, lo que es una ventaja para las obras que se van a exponer. A pesar de eso, el conjunto de esta exposición es lúgubre, la calidad artística es rara mientras que la habilidad manual abunda.

Estos Salones que deberían contribuir a formar el gusto del gran público —que es a quien se dirigen— logran a menudo muy mal su misión. La elección del jurado es sin ninguna duda una de las causas principales.

En este 5to Salón, un artista de excepcional valor formaba parte del jurado para el grabado. Sin embargo, tres premios fueron otorgados en esta sección a una aguatinta, a un aguafuerte y a una litografía que testimoniaban el deseo de renovación, de conocimientos muy reales y de un sentido artístico muy por encima de los otros autores. El Gran Premio del Presidente de la Nación recompensó obras mediocres. El de grabado fue otorgado a Rebuffo por una xilografía que testimonia con una cierta virtuosidad decorativa; el de dibujo, a Perazzo, por un crayón que no expresa más que una habilidad del oficio, una tiranía del detalle, sin ninguna vista del conjunto. Luego, el Gran Premio de Honor en grabado, a una xilografía banal de Adolfo Belloc. En cambio, el de dibujo, otorgado a una figura hecha con pluma de Carlos Benitez, es más significativo, ya que este artista es sensible a las relaciones plásticas.

En una pequeña sala reunieron los dibujos relacionados por espíritu. Los de Líbero Badií, Benitez, Forte, Garavaglia, Gnecco, Salas Molina, Rosario Moreno, Pierri, Pinisi, Ramos de los Reyes, Sturla y Valente. En la gran sala de grabado notamos particularmente los trabajos de Borghi, Gagliardi, Miranda, Mónaco, Pierri e Ideal Sánchez. En cuanto al premio de la miniatura, el del Presidente de la Nación fue otorgado a Ana López Wallace de Buzzo y el Gran Premio de Honor del Ministerio de Educación a Beatriz Massera de Jofre.

 

Raquel Forner en Bonino

Un importante cuadro, Apocalipsis, es el eje de esta exposición. Los grandes temas sedujeron siempre el talento de Raquel Forner. Continúa a traducir con la vehemencia que la caracteriza, aunque es innegable que desde hace algunos años que expresa sus convicciones filosóficas, sus revoluciones y sus desesperanzas por símbolos mucho más plásticos que en el pasado.

En este cuadro maestro, ella usa todos los recursos que conoce y no es necesario ver los estudios que le hacen gala a este enorme cuadro para saber que este Apocalipsis fue seriamente buscado y pensado.

Para contener los desbordes de su lenguaje romántico, empleó bastante sistemáticamente los grandes planos, las líneas de construcción aparentes, los personajes esquemáticos, el todo unido por los claros, oscuros, grises y negros, salpicados de algunos agresivos acentos de color. El motivo principal de La bestia, simbolizando las fuerzas del mal, es una especie de árbol calcinado y sangrante del cual la armadura sostiene la composición de la tela.

 El talento de Raquel Forner, interferencia armoniosa entre sus visiones cósmicas de la realidad y sus recuerdos del arte en el pasado, compone obras que se imponen más que lo que persuaden, subyugan más que lo que convencen. El orden que se esfuerza por introducir es cada vez más una necesidad vital antes que una convicción. Esta lucha feroz, muy lúcida, que sostiene para mantener una realidad plástica testimonia el valor de esta artista.

 

Yadwiga en la Sala v

En este conjunto de pinturas de expresiones muy diferentes que presenta Yadwiga, podemos discernir su excelente intención de razonar la pintura. Encontró en Lhote un maestro que le brindó los medios eficaces para lograrlo. Su temperamento lo inclina a utilizarlos con un fervor intelectual. El intelecto es indispensable para expresar plásticamente las visiones interiores del artista o las de la naturaleza, pero el verdadero impulso…

7mo año – N ° 235 – Buenos Aires, 16 de septiembre de 1955

Entre las obras de artes reunidas en estos salones, Jacques Helft presenta pinturas del artista francés Goerg quien, si bien no es una figura de primera línea, no es tampoco un desconocido: ya que hace más de treinta años, las críticas parisinas lo habían ya notado, de igual modo que los habitués al Salón d’Automne, des Tuilleries y des indépendants.

En estas grandes exposiciones, pasaba por la vedette, estando entre los que ocupaban el centro del cimacio. Lugares destacados reservados, como todos saben, para los artistas fuera de lo común.

Goerg pertenecía a este importante grupo de pintores naturalistas, realistas, eclécticos, conocidos luego bajo el nombre de Escuela de París, en completa oposición con los pocos artistas de tendencia idealista que llamaban cubistas.

Desde esos tiempos lejanos, Goerg formuló con precisión lo que buscaba en la pintura. Definió categóricamente sus objetivos, sus aspiraciones y nada puede situarlo mejor que acordarse de sus declaraciones: “Lo que me gusta del arte es el hombre—dijo. Sé muy bien que un cuadro tiene sus leyes —eso lo sabemos bien hoy, a expensas de la emoción— pero esto no me alcanza, mi emoción aumenta al vestir la matemática de humanidad… En el hombre, todo corre el riesgo de ser nuevo cada vez, mientras que un cubo es un cubo y dos más dos son siempre cuatro. Tres manzanas y un paquete de tabaco son menos variados y emocionantes que el rostro de un hombre que puede estar sufriendo, se ríe o se llena de vanidad”. Maurice Raynal, para quien estaba destinado un texto bastante largo de las cuales estas líneas fueron extraídas, juzgó inútil hacer comentarios al respecto y lo publicó textualmente en su antología.

Para expresar lo humano, Goerg se inspiró en las obras de los expresionistas alemanes, en las de los flamencos modernos realistas y carnavalescos, agregó algunos aspectos de reminiscencias de museo y, observador atento de los defectos que marcan el rostro, de las pasiones que los deforman, del orgullo que los llena y del goce que los atonta, erigió contra el mundo burgués al que pertenecía una terrible crítica. Luego, satisfecho de la humanidad que había creado, la perpetuó incansablemente.

Algunos años antes, los cubistas, que tampoco sabían definitivamente qué es lo que querían, pero solamente lo que no querían —es decir, todo lo que Goerg quería—, no habían tenido por simple objetivo más que el de “expresar lo que tenían en ellos”. No buscaban vestir las matemáticas de humanidad, de instinto, sabían que la creación es inseparable de la poesía, de las relaciones y de los números.

También el paquete de tabaco de Braque, de Picasso o de Juan Gris, como las tres manzanas de Cézanne y como el par de zapatos o la silla de paja de Van Gogh están tanto o más cargados de vida que un rostro. Lo humano no es solamente un juego de fisionomías, de muecas o de actitudes como el movimiento no es gesticulación. Y no es el aspecto que hay que juzgar sino el corazón.

Si Goerg no hubiera hablado tanto, podríamos acordarle circunstancias atenuantes, reconocer que tritura la masa con gusto y con la sensualidad que caracteriza su realismo, que deforma los rostros con espíritu y que se encuentra entre los pintores que realizan diestramente su oficio de pintor con un no-sé-qué inequívoco y perverso que les confiere a sus obras un encanto inquietante capaz de dar una falsa impresión sobre sus intenciones.

Lamentablemente, es para él y no para los arcángeles del paquete de tabaco y de las tres manzanas que dos y dos son siempre cuatro y que un rostro es siempre un rostro.

 

Herrero Miranda en Krayd

Pinturas extrañamente poéticas y evocadores como las de Herrero Miranda. No nos equivoquemos, no son más que efusiones sensibles. La conciencia plástica juega un gran rol, pero tan delicadamente, tan sutilmente que solo los ojos atentos pueden detectarla. Tienen el privilegio de expresar lo no formulado, de ser las mensajeras de los secretos que nos rodean, de despertar en nosotros recuerdos imprecisos, y esto por los medios más sencillos y más pictóricos. En favor de una sombra, de un destello de luz, de un acento de color o de un simple signo.

 

Germaine Derbecq

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