LE QUOTIDIEN / LAS EXPOSICIONES DEL MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES

8vo año – N ° 204 – Buenos Aires, 14 de julio de 1956

Las exposiciones del Museo Nacional de Bellas Artes

El interés creciente del público para las exposiciones que son presentadas en el Museo es un índice reconfortante. ¿Paul Valery no nos dijo acaso. “Lo que da un arte a una sociedad es la necesidad en tiene”?

El controlador del Bellas Artes, el Sr. Romero Brest, organizó tres exposiciones que no son el último recurso, pero un refinado alimento, del cual el caballito de batalla está formado sin ninguna duda por los doscientos noventa grabados de Goya, es decir que es casi toda la obra grabada del maestro, que pertenece al coleccionista, el Sr. Zdenko Bruck, y por las pinturas del genial Español.

Era difícil encontrar un conjunto de obras más aptas para satisfacer un vasto público. Capaces a la vez de captar la atención del visitante amateur y del conocedor. Para los primeros, el interés de sus grabados residirá en el documento humano, la sátira dramática, graciosa, el mundo repleto de personajes duramente caricaturizados, las ilustraciones divertidas, vivas, trágicas y amargas. Para los segundos, en el disfrute plástico, las relaciones justas, las composiciones variadas, los juegos de blancos y de negros, los contrastes violentos, los sutiles degradados.

Podemos reprocharle a Goya el hacer a veces desbordar el valor psicológico sobre el valor plástico, de insistir un poco demasiado en el espectáculo. Son estas las travesuras de una imaginación desenfrenada, realista y visionaria al mismo tiempo. Pero no podemos hacer otra cosa que admirar su profunda intuición sobre el arte, lo que le permitió alejarse del clasicismo, floreciente de su época y tomar como maestro solamente a la naturaleza. Rembrandt y Velásquez, y “todo lo que encontraba y que podría hacerle falta”, no viendo nunca, decía él, “ni líneas, ni detalles, pero planos que avanzan y planos que retroceden, relieves y profundidades, y un pincel que solo debería conocer él”. Por la nueva orientación de estas concepciones pictóricas, podemos considerarlo como uno de los primeros pintores modernos.

Buenos Aires habrá tenido el privilegio de haber podido ver, con algunos meses de distancia, dos exposiciones de obras que tuvieron en el arte de los últimos cien años una profunda influencia y sin dudas decisiva: las estampas japonesas y las obras de Goya.

 

Esculturas argentinas y extranjeras

La escultura, a menudo sacrificada, ocupa por una vez el lugar de honor. Alrededor de los astros de máxima importancia: Rodin, Bourdelle, Despiau y de los satélites: Halou y Drivier, todos franceses, gravitan el Yugoslavo Mestrovic, el italiano Medardo Rosso, el ruso-italiano Troubetzkoy, el belga Rick Wouters, el español José Clara y el alemán Wilhem Lehmbruck. Al final del siglo pasado, la individualidad aplastante de Rodin le hizo contrapeso a la escultura académica. Su obra llegó en una época de transición, revistió las apariencias literarias que a menudo han disimulado lo esencial a los ojos de las mayorías. Revela los esfuerzos desesperados por intentar lograr una estructura más precisa, una síntesis más poderosa. Intenciones completamente incomprendidas, al punto que, cuando Rodin realizó el Sarmiento, y sobre todo el Balzac, estos monumentos fueron ridiculizados tanto en Buenos Aires como en París, y en Francia fue un desencadenamiento de escándalos que hasta nos da pena imaginárnoslos hoy en día.

Bourdelle y Despiau, discípulos de Rodin, aunque hayan tenido sobre sus espaldas el peso de la poderosa personalidad de su maestro, realizaron, tanto uno como el otro, una obra personal. El sentido arquitectónico y las intenciones espaciales de Bourdelle fueron proféticas y fueron suficientes para hacer olvidar un cierto lirismo literario y un apego a las formas arcaicas que frenan a veces su impulso plástico. Despiau fue el último representante de valor del arte clásico naturalista, también el último “bustero”. “De un retrato hice un busto”, decía. El del museo ilustra bien este principio, es una de sus mejores obras. Drivier y Halou no aportan más que un ideal limitado al bello oficio. En cuanto a la escultura argentina, está embebida desde el principio, de academicismo, que se atenúa según cada temperamento de naturalismo, de realismo, de lirismo, de dramatismo, de sensualidad. Los veteranos fueron Cafferata y Correa Morales. Este último domina su época. A través de una formación tradicional, se distingue una bella naturaleza de artistas que posee no solamente una fina sensibilidad, pero el sentido del plan y la elegancia natural. Yrurtia, su alumno, considerado como el gran escultor argentino, no aporta más que una muy grande fogosidad, pero nada plásticamente nuevo. Lo mismo ocurre con Lagos, Riganelli, Lamana. Podemos sin embargo distinguir a Fioravanti que simplificó los volúmenes, Zonza Briano, gran moldeador, Falcini, para la nobleza de la inspiración y de las formas, y, sobre todo, Sibellino, artista de profunda sensibilidad, que se esforzó por conciliar, con mucho talento, aspiraciones por un arte puro con efusiones apasionadas de la representación de lo real. El más revolucionario de todos fue Curatella Manes, quien desde 1917 rompió con el academicismo. Puede ser también considerado como el precursor de la escultura moderna argentina. El dragón, hecho en 1924, es del período en el que el motivo es todavía utilizado para las relaciones de posición entre las masas, únicamente con fines plásticos. Luego, el tema fue abandonado por búsquedas siempre más estructurales y espaciales. El desnudo de Badií es de inspiración realista, pero expresado con un sentimiento moderno por el juego de planos y de ritmos bien entrelazados y armoniosos. Vitullo, quien tiene el sentido de la belleza de las formas simples, talla el bloc y le conserva su fuerza y su volumen, siempre identificándose bastante auténticamente con el espíritu que animó las artes llamadas salvajes o precolombinas.

 

La restauración de cuadros

Que los pintores encantados con los colores de museo —esta mezcla de suciedad y de capas de barniz— se convenzan una vez más, mirando un cuadro de Manet, en el que limpiezas parciales hacen aparecer las rosas más frescas y delicadas, que Renoir tenía razón y que el color betún del Bellas Artes se había equivocado. Los impresionistas despejaron, ellos también, los desafortunados revestimientos, hechos menos bien para ellos que para los otros. El Monet es deslumbrante, el Sysley, espacial y luminoso. A propósito de esta muy interesante exposición, que gracias a las fotos y a los comentarios forman una muy clara demostración de la restauración de los cuadros, es muy interesante de recordar que es un argentino, el Dr. Mainini que dotó, haya ya unos veinte años, al museo del Louvre con un taller de aparatos modernos para la identificación y la restauración científica. Su intención era hacer en su país una instalación similar. No tuvo, creo, el tiempo de ejecutar su proyecto.

 

Germaine Derbecq

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