LE QUOTIDIEN / LAS EXPOSICIONES: TATIN Y SU TALLER

6to año – N ° 211 – Buenos Aires, 23 de noviembre de 1954

Las exposiciones - Tatin y su taller

Mañana se inaugurará la exposición “Los cuatro compañeros franceses del taller de Robert Tatin”

Robert Tatin, pintor, escultor y ceramista es el alma de esta pequeña troupe. Los tres otros: Claude Pantzer, Mémen Coucoulas y Colette Pourteau son los fieles discípulos. Todos llevan en estos momentos una vida nómade, no la del turista. Ya que, para ellos, viajar no es coleccionar lugares y monumentos, es impregnarse, captar todas las impresiones posibles, vagar y trabajar, seguir un programa pero tomar lo inesperado, alegrarse de lo nuevo, llenarse lo más que se pueda, un día pararse, encerrarse entre cuatro paredes, trabajar fuerte, devolver todo lo aprendido más que lo recordado, que ya está en el subconsciente, darles vida con el lápiz, el pincel o la arcilla, y luego, en donde se encuentren, organizar una exposición, vender o no , poco importa, mientras que se venda lo suficiente como para continuar trabajando y ser útil para el arte que amamos por sobre todas las cosas.

Para Robert Tatin, estas gestaciones felizmente aceptadas les dieron la vida a curiosos niños, desconcertando lo conocimiento científicos de la plástica.

Como tenemos prejuicios deformados por innumerables convenciones edificadas a lo largo de los siglos, como nos enredamos en múltiples complejos, solo percibiremos difícilmente lo que estas obras contienen de primordial. Es casi imposible de hacerlas entrar en estrechos marcos que nos hemos fabricado para alojar allí nuestras ideas. Para atraparlas, tendríamos que tener dentro nuestro, como le ocurre a Robert Tatin, lo simple y lo receptivo, y de esta raza de artesanos, salidas de las entrañas populares, la que modeló ídolos celtas, las divinidades de las rutas, las brujerías de las catedrales, los calvarios bretones, poseyendo esa misma savia que suelda la vida del limo, con la fatalidad inmutable de la naturaleza.

El instinto todo poderoso de Robert Tatin conduce su mano, domina su intelecto. También sus obras poseen una potencia excesiva evocando las fuerzas cósmicas, los primeros años de la tierra, empujando todas nuestras ideas escolásticas, a menudo incluso al límite extremo de lo que llamamos mal gusto. Las obras de Tatin pueden desagradar el principio, revelándonos nuestras artimañas, pero luego atraen irresistiblemente, sin dudas de manera satisfactoria, nuestros instintos.

Ciertamente, no van todas en la misma línea. Hay errores cuasi espectaculares, estaría tentada de decir: “¡qué suerte!”, equivocarse no es para todo el mundo y si es por accidente, no tiene la menor importancia. Si ciertas piezas son inquietantes, muchos nos dan seguridad, algunas excepcionales se imponen en nuestro recuerdo.

Una personalidad tan afirmada como la de Robert Tatin no estaría completa sin su cortejo de anécdotas.

Sin ninguna duda, no fue el azar quien lo hizo nacer en esta pequeña ciudad de Laval, patria de grandes hombres que están lejos de ser olvidadas: Amboise Paré, el cirujano, el aduanero Rousseau, el pintor, Alfred Jarry, el poeta, Alain Gerbault, el navegante.

Desde su infancia, la historia cuenta (tenemos cierta duda) que dibujaba, pero que también iba a veces a una cantera, cerca de la ciudad, en la que los basureros descargaban el contenido nauseabundo de sus carretas. No obstante, es aquí (padres muy protectores piénsenlo bien) tuvo la revelación de la poesía, el día que descubrió en el medio de toda esa basura magníficas flores que no había jamás visto en otro lado, por la buena razón que el jardín familiar no estaba pensado para las lujosas inutilidades, sino para las buenas elecciones alimenticias.

De grande, intentó varios trabajos. Le vino luego la idea de fabricar, él también, esos botones de cerámica que estaban tan de moda. Fue el fatal y feliz engranaje. Del botón, pasó al plato, luego al bol, luego a la jarra, y nacieron así, bajo sus dedos, formas monstruosas a menudo originales, siempre provenientes de sus sueños, recuerdos de infancia, experiencias, todo un mundo inconsciente, pero tan vivo que explotó de ese corazón que tanto tiempo lo había contenido. El artista Tatin había nacido. El que ninguna escuela de bellas artes había conocido, el que dijo lo que tenía que decir sin bloquearse con ideas, todavía menos con plástica, que aún menos era su asunto. Pero cuidado, no por eso se olvida que es un niño del vasto mundo, o más bien lo siente muy intensamente. Es por eso que encerrará sus obras en ritmos crecientes y de formas geométricas lo suficientemente grabadas, las que todo ser sensible puede retener al contacto de las creaciones de la naturaleza.

Brasil, tierra de fértiles bosques vírgenes, era el país que podía mejor conocerlo. Tatin recibió allí el Gran Premio para la cerámica en la Bienal de San Pablo y el año siguiente sus pinturas fueron seleccionadas.

Para terminar, no habremos dicho todo si no hubiéramos señalado cuan vivos son los materiales que utiliza. Uniendo los dibujos, permitiéndoles que salgan el grafismo más complicado, haciendo cuerpo con la obra, trabajo que no es uno sino carne de su carne, que ninguna escuela puede enseñar, salvo la de la sinceridad y de la vida.

 

Russo en lo de Witcomb

La exposición del pintor Russo que tuvo lugar hace poco en Witcomb puso en el tapete este asunto del arte del retrato que está actualmente cada vez más abandonado por la buena pintura.

Creo que fue Maurice Raynal quien dijo hablando de los retratos del siglo xviii: “había que ser bien inteligente para aceptar tener un aspecto tan tonto”. ¿Sería esa tal vez la causa de la decadencia de los retratos?

Ciertamente, los de David, de una realidad tan precisa y sin perdón, no eran en absolutos aptos para atraer la clientela mundana, el barón Gerard le era suficiente. Con Ingres, el entusiasmo del siglo pasado por los retratos habría podido despertarse. A pesar de las apariencias amistosas, sus retratos no engañaron a nadie, había en ellos demasiada autenticidad y no la suficiente frivolidad, las celebridades buscaban como retratistas a los artistas más reconfortantes. Ingres se vengó sin saberlo, inmortalizando desconocidos.

Las fotografías de Nadar, por un lado, el impresionismo por el otro, desviaron la clientela selecta de los grandes pintores. Fueron los Winterhalter, Besnard, Bonnat, J. E. Blanche y muchos más, Van Dongen para los esnobs, que eran los retratistas mundanos. Esto no impidió que los artistas que serían los grandes pintores del siglo, se hicieran retratar, ellos, sus familias y sus amigos, a falta de otros modelos. A partir de estas obras, podemos calcular cuantas obras maestras habríamos podido ver si la desconfianza y la incomprensión general no hubieran sido la regla.

Ya sea El señor Choquet, de Cézanne, por citar solo este, Apolinaire, de Picasso, La mujer y las niñas, de Matisse, Maurice Raynal, de Juan Gris, Metzinger, de Dalunay, ¡cuántas obras inmortales!

Russo tuvo la excelente intención de dedicarse a los retratos y nos ofreció un conjunto de pinturas que representaban gente común de la sociedad porteña. Lo que podrá permitir a cada uno ejercer su crítica por los parecidos. Me quedaré sobre todo en las cualidades pictóricas.

Justamente Russo no se detuvo en la psicología ni en lo humano, sino que buscó ante todo a realizar una pintura como si tuviera delante de él una naturaleza muerta o un paisaje. Y para esto, comenzó muy bien.

Logró entonces hacer un cuadro de un retrato, pero ¿hizo un retrato de una pintura? Imperfectamente, hay que reconocerlo. Buena pintura y buen retrato deberían ser solidarios.

Ruso había tenido un comienzo bastante cercano a las recomendaciones de Matisse, es decir con fondos lisos coloreados y signos gráficos (no quiero hablar de las peligrosas tentaciones a las cuales sucumbió algunas veces), no obstante como su maestro, tendría que haber sido extremadamente exigente con él mismo y no conformarse con un simple “bastante bien”, sino apuntar a un “ muy bien”, buscando más en profundidad y con perseverancia relaciones en las formas y colores más precisos, más exactos y, por consiguiente, más expresivos. Al mismo tiempo que el retrato había ganado en intensidad, el carácter del modelo se habría apartado y afirmado.

Al buscar la mejor pintura habría, al mismo tiempo, encontrado el mejor retrato.

 

Germaine Derbecq

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