LE QUOTIDIEN / OBRAS DE ANDRÉ LURÇAT

6to año – N ° 305 – Buenos Aires, 16 de noviembre de 1954

Obras de André Lurçat

Es la exposición del pintor francés Jean Lurçat que Jacques Helft presenta hoy. Comprende veintiséis tapices de Aubusson, pinturas, acuarelas, ilustraciones y cerámicas

Se sabe bien que André Lurçat de volcó hace algunos años a la renovación de la tapicería que, después de casi dos siglos, estaba en la casi completa decadencia. Es que luego de un brillante período había perdido su autonomía por seguir muy de cerca la pintura y había caído en el academicismo más llano, el naturalismo más vulgar y el modernismo más falso.

Es entonces cuando Jean Lurçat apareció. Sin ninguna duda, era el más indicado para emprender esta renovación; desde larga data se había interesado en la tapicería, así como en el mural y su decoración.

Siendo de la generación que vivió el fin del Cubismo, fue el de Georges Braque de 1920 que lo influenció. Época de admirables pinturas, de una plástica extremadamente peligrosa para los seguidores, sin posibilidades para los continuadores, válido para Braque y para él solo.

Las primeras obras de Lurçat despertaron interés. Tenían una impronta de distinción y de una cierta grandeza: personajes arquitecturales, vestidos con moteados de agradables colores, luego, extraños paisajes, influenciados por el surrealismo, por ciertas construcciones de Picasso y sin dudas también por reminiscencias a los combatientes de la guerra de 1914, alusiones en las formas geométricas de una simpleza de colores casi indigente.

Evidentemente, Lurçat había buscado un estilo personal. Para lograrlo se había impuesto limitaciones arbitrarias y rígidas que lo paralizaban. Jamás pudo desprenderse del círculo de opresión en el que se había encerrado, que no era como se pretendía, un poco a la ligera, de la cual sufría todo el arte moderno, pero el que él se había formado.

Demasiado inteligente para no darse cuenta, es posible que haya visto en la tapicería una forma de poder liberarse.

Es una creencia muy extendida entre los artistas: la renovación para un nuevo trabajo. Varios pintores creyeron obtenerla con la escultura o el grabado. Para Lurçat fue una evasión, pero no una regeneración; negó lo que había adorado, olvidó las renuncias a las que se había obligado —habiendo a menudo confundido la pobreza y el ascetismo con la riqueza de la síntesis cubista— dejándose llevar hacia la exuberancia de una imaginación desenfrenada.

Su larga abstinencia pictórica devino en libertinaje gráfico y coloreado. A pesar del aspecto diferente de sus nuevas obras, era evidente que el error persistía. Lurçat continuaba a imponerle su voluntad a la pintura, a no considerar el arte como una divinidad a la que hay que servir, pero como un esclavo que hay que doblegar.

A menudo asimilamos el arte a una religión y es bastante justo: sumisión ante la ley, confianza ciega a su poder único, descuido de uno mismo, para lograr una comprensión más elevada y que el milagro del arte, como el del encanto, pueda producirse. Este milagro no se produjo en la obra de Lurçat.

Sin embargo, es un artista muy estimado, sus tapicerías son bellas y agradables para mirar, halagan nuestro gusto por la decoración, el refinamiento, la elegancia, la opulencia, que no llama a nuestros instintos profundos, pero a nuestro placer. Lo que no podemos querer más cuando amamos de verdad.

Lurçat “el tapicero” se propuso rencontrar el oficio y lo estético de las épocas medievales, simplificó técnicas complicadas, redujo los hilos, las tonalidades, rechazó las estampas demasiado finas. Para la composición de sus cartones, recurrió a medios originarios del Cubismo, habiendo luego de treinta años renovado toda la decoración. En cuanto a las tradicionales reglas del arte decorativo: el análisis minucioso de los elementos, no bajo la orden de una emoción sino con la precisión de la disección.

También Lurçat describe los animales, los árboles, el follaje y los símbolos, ciertamente con mucho encanto, gracias y talento, y no los transforma. No obstante, un gran artista no describe, escucha las confidencias que se hacen las cosas entre ellas —todo son las relaciones, dicen los pintores—, lo que devendrá en poemas plásticos, en contacto con la sensibilidad de su emoción, de su personalidad.

A pesar de esto, la obra de Lurçat tiene un gran interés. Tendrá un lugar en la historia de la tapicería como la loable intención de reanudar con la tradición. Si no lo logra completamente, es que reanudar con una tradición no es seguirla al pie de la letra, sino bien al contrario, muy a menudo parecer alejarse para reunirse por el espíritu.

Podemos preguntarnos si este renacimiento de la tapicería puede ser real y durable, o si se limitará a algunos testimonios o a algunas residencias aisladas. Para esto, habrá que ver claro en el provenir.

En la Edad Media, en el tiempo de su esplendor, no era únicamente ornamental, sino parte integrante, indispensable, en las inmensas salas de los castillos feudales. Por cierto, en esa época, las tintura y los paños se encontraban en las puertas de las iglesias, en las naves de las catedrales, en las calles. ¿Dónde podría refugiarse la tapicería en nuestra época? No en nuestras modernas casas cada vez más desnudas y utilitarias, tal vez en los edificios públicos. Por el momento hay dos movimientos. Por un lado, los artistas dirigidos por Lurçat, que tiene talleres en Aubusson, cuyas obras están destinadas a las decoraciones oficiales, y otras reservadas para sociedades importantes de decoradores e interioristas. Estas tapicerías están entonces muy influenciadas por su destino, sometidas a directivas más favorables para el lujo que para el arte. Por otro lado, son obras de artistas aislados, creadas en total libertad y con una plástica pura, algunas veces todavía cuadros de caballete.

Para que la tapicería encuentre su expresión propia, haría falta que se encuentre con su verdadero destino.

 

Exposición Rafael Alberti en Galetea

Numerosos son los poetas que han dejado errar la pluma en el margen de sus cuadernos de poesía, dejándose conducir por sus sueños, realizando dibujos a menudo muy interesantes. Más raro son los poetas pintores. Theophile Gauthier fue uno de ellos, y más cerca a nuestro tiempo, Max Jacob. Sin embargo, los pintores poetas son cada vez más numerosos.

Raphael Alberdi ilustra sus poesías él mismo, trasladando su expresión verbal en el plano de las formas y de los colores. Percibimos la misma inspiración —la misma escritura automática, diríamos hoy en día.

Podemos reconocer dos tendencias: la que traduce un ambiente, un revoloteo de luz, y la que es más decorativa, más afirmada y más moderna.

Las obras de una o de otra de estas expresiones testimonian una encantadora fantasía, de una delicada sensibilidad y completan bien los poemas. Es posible que a continuación se afirmarán hacia un destino más firme en lo plástico, como algunos ya lo dejan insinuar.

Germaine Derbecq

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