LE QUOTIDIEN / DERAIN ESTÁ MUERTO

6to Año – N° 260 – Buenos Aires, 21 de septiembre de 1954

Derain está muerto

Con Picabia, Auguste Perret, Henri Laurens y Derain, habrán desaparecido en poco tiempo artistas de valor, de diferentes rubros, de una generación excepcional. Sus obras y descubrimientos plásticos tuvieron innumerables repercusiones, transformando el arte de nuestro tiempo proponiendo nuevas concepciones, cuyas infinitas posibilidades están lejos de agotarse.

Derain nació en plena batalla impresionista. Adolescente, se daba el gusto bosquejando paisajes de la naturaleza durante los pocos momentos de ocio que le permitían sus serios estudios secundarios.

La leyenda dice que conoció a Vlamink cuando preparaba el politécnico y que este encuentro fue fatal para su porvenir como ingeniero. Esta leyenda posiblemente sea verdadera. Lo que sí es cierto es que en Derain dormitaba un temperamento de pintor que solamente estaba esperando la oportunidad para manifestarse.

Del encuentro de Derain, originario de Chatou, con Vlamink, que vivía allí, y de sus trabajos en estrecha comprensión en la taberna Le Vanneur, destruida y abandonada, transformada en atelier para los dos amigos, nace la Escuela de Chatou.  

Con Seurat, el neoimpresionismo había agotado todo lo que podía dar, lo que demostraron ampliamente las obras de Signac y de algunos otros. Los jóvenes pintores de Chatou tuvieron el instinto, o la conciencia, y plantaron nuevamente sus caballetes delante de la naturaleza, pero esta vez no fue estudiándola en todas sus transformaciones, sumisos a ella, sino sirviéndose como de un medio para expresar sus propias sensaciones.

Resultaron nuevas pinturas, de un color agresivo, que un crítico bautizó, a pesar de él, cuando entró gritando en la sala del Salón de los Independientes en el que exponían estos pintores: “¡Entré en la jaula de las bestias (fauves, en francés)!”.

Vlamink reclamó la paternidad del Fauvismo. En realidad, los mejores pintores de esa época participaron a la eclosión de este movimiento. Fue un pasaje necesario. Era indispensable desprenderse de las teorías, ya fastidiosas. Este baño regenerador obligaba a no demorarse. Matisse solo lo empujó hasta sus últimas consecuencias con las inspiraciones geniales que ya conocemos.

Como el Fauvismo era más una técnica que una solución, casi todos los pintores que se habían dedicado a ella no se equivocaron al alejarse bastante rápido. Tanto Braque como Derain. Para este último es fácil descubrir lo que lo desvió.

Derain tenía una inconstancia natural más que una verdadera inquietud plástica. Según toda apariencia, Vlamink la arrastró hacia los caminos de Fauvismo. Luego, fue más un dibujante que un colorista. Finalmente, poseía una humanidad sensible, y sobre todo un respecto y un amor profundo por las grandes obras de museos —es necesario decirlo: más en su aspecto que en su esencia—.

De a poco, el carácter del Fauvismo fue desapareciendo de su pintura, que fue remplazada por un arcaísmo muy personal. Deformaciones arbitrarias en un cierto ritmo, una especie de lirismo formal, expresado por un tono local, a menudo con un aspecto de viejo cuadro, que el dibujo salvaba, animaba y del cual una bella sensibilidad revivía. En esta época, Derain creó obras de un indiscutible valor.

Al mismo tiempo, interrogaba la naturaleza. Sus paisajes, cuya característica es el balance armonioso y expresivo de las líneas, poseen las calidades tradicionales de los grandes paisajistas franceses.

Su influencia fue considerable para toda una juventud que no se preocupaba por ir “hasta el final de la noche”, que prefería observar de lejos el desarrollo de la aventura del Cubismo e instalarse cómodamente en expresiones realistas, inspiradas por el aspecto de las obras de museo acomodadas al gusto del día. Estos artistas proveyeron un contingente importante para el Salon des Tuileries, que representaba una suerte de “centro” apolítico de la pintura, cuyos miembros recibían los elogios del público y de la crítica, los encargos y las compras del Estado. Sin embargo, los Cubista y los artistas de todos los movimientos que les siguieron eran considerados como niños a quienes hay que desafiar, ya que no podemos esperar nada bueno de ello.

La influencia de Derain no engendró ninguna plástica nueva, pero su obra fue muy estimada. Posee la seducción natural. El dibujo es bello, suficientemente cerca de la naturaleza, al mismo tiempo que es de una simpleza que logra el estilo. La atracción que ejercían sobre él las obras del pasado, lo molestaba visiblemente; lo arrastró incluso mucho más lejos de lo que habría podido ir ya que poseía una facilidad y una naturalidad desconcertantes. Si a veces experimentaba ciertas dudas, no sufría ningún dolor. Para él, la pintura no tenía nada de dramático. Se trataba más bien de su pasatiempo favorito, muy agradable, del cual gozaba como aficionado, pero que no debía de ninguna manera trastornar su vida. El amor que tenía por su arte es el que se puede tener por un amante que no le hará jamás hacer locuras, pero a quien se le dedica de todas maneras su existencia.

Derain quedará como uno de los mejores representantes de esta Escuela de París, de la cual fue uno de sus mejores talentos. Talento que unió la fuerza de sus orígenes plebeyos con la distinción aristócrata de su cultura.

 

Diana Chalukian en Comte

Esta joven artista nos presenta una exposición que se podría calificar como “antes y después del pasaje de la línea”, como dicen los abstractos.

En la parte de la derecha de la sala están las obras de la naturaleza, bien dibujadas, bien pintadas, en la que se puede detectar una elegancia natural, una inteligencia muy lúcida, serios conocimientos del oficio y también, si se observa con atención, índices de inquietudes plásticas por las expresiones más registradas y más reproducidas.

En cambio, la parte izquierda es la explosión, la alegría de la liberación.

Estos nuevos cuadros, brillantes, radiantes, satisfacen el espíritu y el corazón. Son abstracciones sensibles sin distensión, lógicas y sabias sin pedantería, francas y alegres, que nos reconciliarían con la abstracción si hiciera falta.

Prueban que este arte no aniquila el talento, no mata la personalidad, ni nivela las individualidades como se ha dicho a menudo, pero que, por el contrario, le permite al artista expresarse mucho más libremente.

Hay mucho por esperar de esta artista ya que ha partido por un comienzo prometedor. Resultado de un trabajo metódico encarnecido y consciente, de un total desinterés y de una fe inquebrantable. Estas son las demostraciones certeras del triunfo, definitivas a futuro.

 

Germaine Derbecq

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