LE QUOTIDIEN / AUGUSTE PERRET

6to Año, n° 198 – Buenos Aires, 6 de junio de 1954

Auguste Perret

Varios meses ya han pasado de la desaparición del arquitecto Augusto Perret. Su obra tiene semejante importancia en la historia de la arquitectura desde principios de siglo que hoy quisiera recordar su significado y rendir un homenaje al constructor que fue llamado, legítimamente, “el paladín del cemento armado” o el “apóstol del concreto”.

Auguste Perret nació en Bélgica en 1874. Sus padres se habían refugiado allí por motivos políticos, lo que debe haber hecho creer a muchos que no era francés.

Para comprender la importancia de su obra, es indispensable recordar en qué estado de decadencia se encontraba en ese entonces la arquitectura. Despreciada con sus fórmulas resecas, hipnotizada por el estilo de todos los “Louis”, preocupada únicamente por los bellos frentes y ornamentos.

Es cierto que había artistas estimulados por el deseo de dotar su época de una nueva arquitectura. Fue en las grandiosas obras de arte realizadas por ingenieros que encontraron las fuentes de renovación. Y durante algunos años surgía la pregunta de si la edad de hierro no estaba por regresar.

En esa misma época, un nuevo material: el cemento armado, empleado hasta ahora accesoriamente iba a tomar un lugar considerable y transformar la arquitectura. Es indiscutiblemente para August Perret que le llega el honor de haber presentido esa posibilidad. Esto parece muy simple ahora, pero en esa época era extraordinario. En cuanto a esto, una anécdota es significativa: Le Corbusier cuenta que estudiando Bellas Artes alrededor de 1908, un profesor enfermo fue remplazado para dar sus cursos por un ingeniero del subterráneo. Este les propuso a sus alumnos hablar del cemento armado. Fue instantáneamente una protesta general, y el infortunado maestro no puedo restablecer el orden más que hablando de arte gótico.

En 1899 Perret ya utilizaba el concreto por primera vez en la construcción del casino de Saint Maló. En 1902 fue el primer inmueble, el de la calle Franklin, en el que los tres hermanos Perret instalaron sus oficinas de “La agencia”, la sociedad de construcción que acababan de crear. A partir de ese entonces, se inició una vida completa, consagrada a la gloria del cemento armado. La serie ininterrumpida de nuevas construcciones comenzó en 1906 con el garaje de la calle Ponthieu, marcando una fecha. En 1908, un arquitecto le confió a los Perret la construcción de la catedral de Oran. Era este un paso importante. Pero fue muy diferente cuando Auguste Perret edificó el famoso teatro de Champs-Elysée, su obra preferida. Luego fueron, en 1915, los docks de Casablanca, en 1924 la iglesia de Raincy de la cual Le Corbusier decía: “Es la obra de un sabio, un refinado y de un audaz, lamentablemente sacrifica el ritual del frente del inmueble”. En 1925, el teatro de la Exposición de Arte Decorativo, en 1927 el Palais des Nations. La torre de orientación de Grenoble en 1931, la Sala el Conservatorio que tanto apreciaba Cortot: “Usted me prometió un violín —decía él—, pero no me dijo que sería un Stradivarius”. También el edificio de Mobiliario Nacional y el Ministerio de trabajos y Obras Públicas, hablando de las obras más importante. Ha habido innumerables casas e inmuebles de los cuales los más conocidos son los de la rue Raynouard y el Boulevart Suchet.

El teatro de Champs-Elysée, aunque no ha sacrificado absolutamente el clasicismo, aportó de todas maneras soluciones revolucionarias. Así como los teatros en esta época eran complicados, fastuosos, cargados de molduras, de personal dorado y sobre todo de falso lujo, el concebido por Perret era sobrio y medido en cuanto a la pureza de las líneas y a su elegancia. Empleó, como siempre, su material favorito y lo dejó ante una magnífica desnudez. Por la audacia de la estructura y porque la mantuvo a la vista al dejar ver el esqueleto, fue un innovador. Su lema favorito era el siguiente: el que disimula una columna, una parte importante, ya sea en el exterior o en el interior, se priva del único legítimo y más noble elemento de arquitectura.

Para la decoración de este teatro, aplicó una idea que era muy apreciada: la colaboración del arquitecto, del pintor y del escultor, pero en una sumisión absoluta al conjunto. Si el frente estaba voluntariamente desnudo, Bourdelle la animó con unos hermosos relieves y agregó unos frescos en el interior. El cielorraso fue pintado por Maurice Denis; Vuillard y Bonnard decoraron la sala de fumadores. Perret aseguraba que los órganos, las rejillas de aireación, las balaustradas, el plafón eran muy útiles como efecto decorativo. Podríamos agregar lo siguiente: como elementos, afirmando las líneas y los puntos importante. Cómo no recordar la admirable curva del palco marcada por la seda carmesí. Este palco tiene una historia. Construido en un voladizo, como proyectado en el espacio; el efecto es sorprendente. Perret había resuelto aquí un problema de construcción y sus detractores formulaban los pronósticos más pesimistas, profetizando incluso una catástrofe. Estos mismos augurios aseguraban que los dos teatros superpuestos serían inutilizables por el ruido de la orquesta del gran teatro. Finalmente, no hubo inconvenientes. Los adversarios de Perret debieron disculparse. Triunfó en todo el proyecto. El teatro de Champs-Elysée marcó no solamente una fecha en la historia de la arquitectura, sino que tuvo repercusiones profundas en el arte decorativo. Siendo el turno de Tout-Paris, creó un clima que logró que el público esté atento a la nueva orientación de los artistas. Decoradores, armadores, costureros se inspiraban en las últimas investigaciones plásticas y crearon un nuevo arte decorativo en el que se puede apreciar la riqueza y la amplitud en la Exposición de Artes Decorativos de 1925.

Durante varios años, Perret enseñó en la Escuela Especial de Arquitectura. Sus ideas se multiplicaron y se esparcieron. Cuando se reorganizó la Escuela de Bellas Artes, fue llamado para dar clases.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, se le confió la reconstrucción de varias ciudades. La más importante fue la de Le Havre.

Auguste Perret fue un enorme constructor, intrépido y moderno, sin embargo, la arquitectura se mantuvo clásica. Si hubo audaces, fueron sobre todo constructores en la estructura de la construcción y no en la estructura arquitectural. Mantuvo la gran tradición francesa con la misma elegancia y economía de los recursos técnicos. Pero hay que notar que no se interesó en el urbanismo, ni en el factor humano considerado en función de la arquitectura.

No podemos terminar de hablar de él sin evocar la silueta tan particular que se había armado. A pesar de su pequeña talla, su caminar era imponente, ya que llevaba consigo, orgullosamente, su cabeza. Su rostro borgoñés, tonos oscuros, encuadrado por una barba tupida bien mantenida, esculpida, tal como el retrato de Bourdelle. Había elegido una forma de sombrero blando, redondo, que era único, y sus trajes habían guardado el corte inglés de principios de siglo. Un lazo negro se destacaba sobre su pechera blanca y no se separaba jamás de un brazalete que marcaba sus palabras. A propósito, hablaba muy poco, a menudo con aforismos. Amable y muy cortés, camarada de sus alumnos, las glorias de la época se encontraban en su salón de la Rue Raynouard.

Auguste Perret, que fue admirablemente segundado por sus hermanos, será una de las grandes figuras de la primera mitad del siglo.

 

 

Germaine Derbecq

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