LE QUOTIDIEN / OBSERVACIONES SOBRE EL SIGNIFICADO DEL IMPRESIONISMO

6to año, n° 186 – Buenos Aires, 22 de junio de 1954

Observaciones sobre el significado del

Impresionismo

La Galería Wildenstein tuvo la excelente idea de organizar una exposición de pintores franceses de la segunda mitad del siglo xix. Es interesante, en esta ocasión, inclinarse por esta época que fue tan importante para los destinos de la pintura.

En esta exposición, los únicos cuadros realmente impresionistas son los de Claude Monet. En cuanto a los de Renoir, Pissarro, Sisley y Gauguin, pertenecen a las épocas anteriores o posteriores al paso de estos artistas al movimiento. No poseen, entonces, todas las características de manera absoluta. Están también los de Boudin, el precursor, los de Courbet cuyo realismo prepara el camino para la nueva escuela, el de Berthe Morisot, ferviente adepta principalmente por el color, ya que su técnica estaba todavía influenciada por Manet, los de Vuillard y Forain, que tienen solamente un espíritu impresionista, y los de Raffaelli, que trabajó en el mismo sentido, pero que se mantuvo siempre fuera del movimiento. En cuanto a la pintura de Lebasque, nos preguntamos cómo es posible que se haya podido confundir en el conjunto de estos cuadros auténticos.

Si el impresionismo fue una ruptura con el pasado, fue al mismo tiempo un punto de partida para una seguidilla revolucionaria pictórica. Es también indispensable examinar sus orígenes y sus consecuencias con atención si es que queremos adentrarnos en la comprensión de las búsquedas de la plástica actual.

Cuentan que Delacroix, luego de ver en Londres pinturas de Constable, habría pintado nuevamente, en tres días, el cuadro Masacres de Scio que había preparado para el Salón. Que sea después de haber visto los cuadros del gran artista inglés o que sea por cualquier otra causa, lo que es más probable, toda su vida Delacroix había estado buscando apasionadamente los problemas del color y de la luz. Estudió con fervor para esto a los grandes maestros del pasado y trató nuevas técnicas. Conocía los descubrimientos de Newton sobre la descomposición de la luz, la ley del contraste simultáneo de los colores, de Chevreul, y muchos otros trabajos sobre estas cuestiones.  

Aproximadamente en la misma época, algunos pintores se proponían más o menos científicamente expresar, ellos también, la luz por medio de los colores puros. Entre ellos, podemos citar a Jongkind, Boudin, Pissarro, Sisley, y más adelante a Monet y a Renoir. Estas nuevas ideas tomaban cada día más importancia en la investigación pictórica.

Algunos objetarán que antes de estos artistas los pintores habían sabido traducir la luz y que no había entonces ninguna gran novedad. Fue, sin embargo, fundamental, ya que si los antiguos representaban la luz era por medio del claro-oscuro. En cuanto a los grandes coloristas como Rubens, Tiziano, Tintoretto, y tantos otros, modelaban y esculpían las formar por medio de los colores cálidos y fríos, mientras que los pintores impresionistas modulaban con los siete colores del prisma.

No fue este el único cambio esencial, sino que hubo otros. La observación de los juegos de luz obligó a los artistas a pintar enteramente sus cuadros delante de la naturaleza. No obstante, hasta aquí, si se tomaban buenas anotaciones, croquis o bocetos sobre el motivo, se podía recomponer y terminar la obra en el atelier. Las consecuencias de este nuevo método fueron la supresión de toda composición y de todo tema bíblico, mitológico o histórico. El tema fue simple y familiar.

Ya, Corot, en sus bellos paisajes de Italia, y sobre todo en sus Figuras, que son sus más perfectas realizaciones, no pinta más que motivos sin anécdotas, y si no había abandonado completamente la composición, la había considerablemente simplificado.

En cuanto a Courbet, incluso en sus grandes cuadros como El entierro en Ornans o El atelier, a pesar de sus numerosos personajes, no tiene una composición. Cada detalle es un magnífico fragmento de pintura, ejecutado por un extraordinario artesano.

Aunque esto pueda parecer paradójico, Courbet puede ser considerado como el padre de la pintura moderna en este sentido: el que su inspiración realista valía más que las repeticiones académicas. Y esta naturaleza que él perseguía, por su propia complejidad, iba a permitir entrever nuevas posibilidades.

Para esto, era indispensable ver la naturaleza con una nueva visión. No obstante, al observar los efectos de la luz sobre los seres y las cosas, y exclusivamente esto, los impresionistas tuvieron esta nueva visión, verdadera revelación. Constataron que la luz deformaba los objetos, devoraba los contornos, alteraba los colores. Un objeto aparentemente redondo o cúbico pierde su forma cuando la luz toca una de sus partes, un objeto aparentemente rojo se decolora, e incluso cambia de tintura, por efecto de la sombra y de los reflejos.

Si no había ya ninguna certeza sobre el hecho, si todo lo que estaba bajo la luz se encontraba sometido a ella, era fácil hacer algunos pasos más y liberarse de todos los conceptos sobre esa verdad en la representación de la naturaleza.

Esta confirmación, por simple que parezca, no fue menos que prodigiosa. Debía ser el punto de partida de todos los movimientos pictóricos que se sucedieron a continuación y hasta el presente.

El impresionismo permitió estas evasiones que las artes plásticas jamás habían conocido.

Una consecuencia inesperada fue el entusiasmo de todos por esta nueva escuela. Fue tan absoluto como el desprecio y la resistencia del principio. Lamentablemente, se comprendió sobre todo el lado fácil, cada uno tuvo su “pequeña sensación por los colores” ante los espectáculos de la naturaleza y, creyéndose pintores, todos compraron colores y pinceles. Por algunos pocos éxitos, hubo innumerables mediocridades que instauraron una desidia, una inconsciencia, una mediocridad pictórica que no está cerca de terminarse.

Hubo, en realidad, pocos pintores impresionista auténticos, sin embargo, hubo incontables seguidores.

Es, entonces, con prudencia que debemos acercarnos al impresionismo y únicamente cerca de los creadores y de los continuadores inmediatos y, para comprender bien el significado, estudiarlo más en sus propósitos que en sus aspectos.

Germaine Derbecq

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