LE QUOTIDIEN / EL GRAN ESCULTOR FRANCÉS H. LAURENS NO ESTÁ MÁS

6to año, n° 181 – Buenos Aires, 15 de junio de 1954

El gran escultor francés H. Laurens no está más

El gran escultor francés Henri Laurens no está más. Hace unos pocos meses yo le dedicaba aquí mismo un artículo, cuando la Bienal de San Pablo de entregaba su Gran Premio. ¿Quién ha podido suponer en ese momento que la carrera del artista llegaba a su fin?

 

Si Laurens aprendió los rudimentos de la escultura en los cursos nocturnos, como les gusta recordar a los amateurs de lo pintoresco, su formación artística fue en contacto con el Cubismo, ante pintores y escultores cubistas que tenían ya un nombre: Francusi, el primero, Archipenko, Duchamp, Villon y Lipchitz.

Si Laurens aprendió los rudimentos de la escultura en los cursos nocturnos, como les gusta recordar a los amateurs de lo pintoresco, su formación artística fue en contacto con el Cubismo, ante pintores y escultores cubistas que tenían ya un nombre: Francusi, el primero, Archipenko, Duchamp, Villon y Lipchitz.

 

A partir de 1911 realizó construcciones en cartón y en chapa. Materiales poco dóciles[1] que tenían la ventaja de impedir los efectos del fácil modelaje, que habían confundido la escultura, y así podían permitirse volver a la fuente de la verdadera estatuaria. Pero, por otro lado, no eran siempre aptos para expresar las profundidades y los volúmenes. Es por lo que estas construcciones estaban policromadas, no en vista de un agradable efecto, sino para permitir la resolución de ciertos problemas que, a menudo, no podían resolverse por otros medios. En esa época, los descubrimientos de los pintores eran utilizados por los escultores, mientras que los de los escultores solo algunas veces lo eran para los pintores.

Estas construcciones poco conocidas, celosamente guardadas por los coleccionistas, sin duda a causa de su fragilidad, son ricas en descubrimientos plásticos, ingeniosas, naturales de las formas madres: el cubo, el cono, la esfera; el lirismo y la elegancia se aliaron a la gracia. Con clarividencia, Laurens transfirió en el plano escultural los enunciados del cubismo pictórico. Durante varios años, se dedicó a esta disciplina y de esta manera pudo liberarse de los conocimientos tradicionales de la estatutaria. Habiendo encontrado los datos esenciales de la escultura, estaba listo para encontrar las nuevas formas capaces de afrontar el espacio.

Es entonces cuando retomó los materiales clásicos: la piedra, el mármol y el bronce. Con ellos, las aristas marcadas del cartón y de la chapa se suavizaron, los planos se humanizaron, las curvas aparecieron. Después de 1920, los volúmenes se amortiguaron, continuaron tímidamente, se hicieron precisos, para terminar progresivamente en masa monumentales y voluptuosas a la vez: volúmenes perfectos con sombras poderosas, con luces resplandecientes y con mediatintas agradables.

Podemos decir que la obra de Laurens es un homenaje a la mujer. Casi todas sus obras representan desnudos femeninos de formas llenas, macizas y sensuales, pero también grandes y fuertes ya que una inteligencia plástica las conserva con todo su naturalismo. No nos equivoquemos, es una realidad recreada, inventada, una realidad escultural, ante todo, que sorprende por su hallazgos audaces y lógicos a la vez. Si de su formación cubista guardó siempre el rigor de concepción y el gusto por la síntesis osada, se dejó también guiar por su instinto, ya que decía: “es el instinto que dejamos para la conciencia”.

Además de las esculturas, ejecutó una gran cantidad de dibujos, reconstruidos estos también. Dibujos de escultor en donde la sensibilidad más fina se une a la gracia más ingenua. Si bien el grafismo es simple, a menudo solo un trazo, capaz de expresar el volumen, la arquitectura y el color. Su talente de dibujante lo destinaba a hacer ilustraciones. Estos últimos años, el editor Teriade le pidió unas maderas grabadas para Loukios o El burro, de Lucien de Samosate, y dibujos para los Idilios de Theocrite.

Si, luego de sus primeras obras, artistas y amateurs se interesaron en las obras de Laurens y reconocieron en ellas el valor, es sobre todo porque después de su exposición en la Galería Carré de París en 1945 el público comenzó a comprender el grandioso escultor que era. Fueron luego las exposiciones de Londres en 1946, de Bruselas en 1949, la Bienal de Venecia en 1950, la retrospectiva del Museo de Arte Moderno en 1951, la Bienal de San Pablo en 1953 en la que se le otorgó el Gran Premio de la Escultura.

Y si Laurens no tuvo rápidamente la gloria que merecía fue sin dudas por su gran modestia. Su vida retirada, centrada en el arte que amaba, estaba bien alejada de las preocupaciones; no hizo nunca nada para provocar su éxito, su naturaleza bien recta ignoraba los trámites rápidos y los efectos publicitarios, pero su obra se defendió sola. Esto no impidió que hoy sea reconocido como el mayor escultor figurativo contemporáneo.

El Laurens hombre era también encantador; atraía por su físico, su hermoso rostro reflejaba la bondad, su mirada era expresiva y afectuosa, y su sonrisa, juvenil. En cuanto a su personalidad, había guardado la juventud, esa fascinación ante las cosas, esta libertad que son el privilegio de los seres excepcionales.

Si su vida, tan sencilla, tan unida, dedicada únicamente al arte forzaba a admirarlo, no podíamos quedarnos insensibles a su encanto tan natural y tan auténtico. La autenticidad, ese es el término que puede mejor caracterizar la vida y obra de Henri Laurens.

Y, para terminar, recordemos que Buenos Aires posee desde el año pasado una escultura de Laurens, que fue donada por un gran coleccionista argentino al Museo de Artes Decorativos.

 

Germaine Derbecq

 

 

[1] Corregido en el margen por la autora, por error de edición en la publicación impresa

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