LE QUOTIDIEN / LA MUERTE DE GERMAINE

Viernes, 28 de diciembre de 1973

La muerte de Germaine

Nuestra amiga, Germaine Derbecq, acaba de fallecer. Desde hace un tiempo la vida se le estaba escapando. Asceta, rechazaba cualquier medicamento. Se apagó en Buenos Aires, místicamente, con el solo apoyo de la Biblia.

Nacida en París, se había consagrado al arte desde su adolescencia, siempre siguiendo sus estudios universitarios. Como pintora, frecuentó los talleres de los predecesores del arte moderno no figurativo, con quienes se formó, y con quienes se hizo de una reputación. Desde entonces, no cesó de interesarse en las nuevas tendencias ejerciendo noble en la disciplina del oficio y de las libertades de la inspiración.

Vivió en París hasta 1949. Es allí donde conoció a su marido, el recordado escultor argentino, Curatella Manes. Desde su encuentro hasta el fallecimiento de este último, no se separaron jamás. Compartían los mismos gustos artísticos, las mismas ideas.

La Cultura artística de Germaine Derbecq era vasta, diversa. Iba desde las escuelas artísticas al abstracto, pasando por los impresionistas. Llevó de frente la carrera de pintora y de crítica de arte.

Había participado en la Exposición de Arte Francés de Tokio en 1929, en la Bienal de San Pablo. Aquí, había expuesto en la Galería Krayd.

Como crítica, abordaba los problemas de fondo del arte abstracto a través del cual todo el arte moderno fue repensado, reglas que hasta ahora eran respetadas, que se plantearon desde cero, pero sin olvidar lo esencial, que es la obra de arte detrás de la apariencia, lo que se mantiene fundamental en la visión de un artista. Sus críticas aparecían entonces como un comentario perfectamente conveniente. También, los pintores, una gran parte de la juventud que busca en Argentina una nueva dirección en sus tareas, respetaban sus juicios. En el mundo de la pintura y de la escultura, Germaine Derbecq aparecía como una de las críticas más calificadas del país y nuestros lectores tuvieron la ocasión de leer en sus columnas sus notables notas.

Era un espíritu derecho, un carácter capaz de ir de la bondad a la autoridad, sobre todo cuando se trataba de arte. Esta fuerza de carácter, jamás desmentida, fue tanto más admirable cuanto no se representaba en su físico. En ese país que amaba, había solo cosechado estima, respeto, amistad, afecto; sus cualidades de corazón valen las de su espíritu. Honrando su memoria, podemos decir de ella que realmente le rendía homenaje a su país.

Que su familia quiera encontrar aquí la expresión de las emotivas condolencias de este diario en el cual Germaine Derbecq demostró siempre tanta simpatía.

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