LE QUOTIDIEN / EL ARTE PARA EL PUEBLO

Martes 3 de noviembre de 1955

¿Puede ser el arte para el pueblo?

¡El arte para el pueblo! Son las eminencias de Rusia, de Italia, de Alemania: Lenin, luego Stalin; Mussolini y Hitler, que han hablado profusamente y no han podido contribuir a darle importancia a esta cuestión.

Antes de ellos, apenas nos importaba. Por cierto, el pueblo ni siquiera tenía la necesidad de que le den un arte, tenía el suyo: el arte popular, creado para él, por él, habiéndole dado todo lo necesario para su vida diaria: sus muebles rústicos, sus bellos objetos de todos los días, los trajes regionales, sus cantos, sus danzas, de un alto potencial artístico y respondiendo a sus necesidades.

La iglesia del pueblo, la catedral de la ciudad, con su arquitectura, sus esculturas, sus vitrales y sus pinturas, eran los mensajeros del arte en el corazón mismo del pueblo.

Con los regímenes democráticos, no había una necesidad especial para contemplar el arte para el pueblo. En cuanto a los regímenes bolcheviques y totalitarios, se interesan por el ángulo político y no por el enriquecimiento espiritual del individuo.

Las democracias aportan la igualdad de clases, la educación obligatoria, el desarrollo de la industria, alteran la vida de las masas; el arte popular pierde su razón de ser, se marchita cada día más, la savia se aleja de él.

¿Qué han hecho los estados para que sus pueblos tengan la parte de placer artístico a la que tienen derecho y que les es tan necesario, como el pan de cada día?

La educación obligatoria hizo lo mejor que podía, manuales bien intencionados mencionaban los artistas más representativos, las célebres obras maestras y los grandes siglos del arte, y el Estado creyó que eso era suficiente. Dicho de esta manera, parecen palabras sin contenido, una fría enumeración, algo abstracto.

¿Para qué podría servir esta crónica del arte? El Estado, que tenía todo previsto, velaba que las reproducciones “elegidas” que lindaban con Delaroche, Bonnat, Rembrandt, Poussin y Jean Paul Laurens debían demostrar que el arte sirve para representar los grandes temas históricos, a menos que se trate de temas militares o religiosos, en los cuales es obligatorio hacer una semejanza. ¡Oh!, pueblo, tu educación se encuentra en buenas manos cuando incluso el diccionario te da una lista de nombres tan heteróclitos. Que reine la confusión y que se encuentre en su apogeo, ¿es para sorprenderse? El único criterio es la realidad, no en su esencia sino en sus formas más naturalistas, y todas las leyes del arte están olvidadas.

Felizmente, pensarán ustedes, las escuelas de Bellas Artes creadas y multiplicadas son los templos en donde se reunirán los cánones de belleza y de armonía, así como las enseñanzas de los maestros de la antigüedad y del Renacimiento, de manera que puedan transmitirse a los jóvenes artistas. ¡Desgraciadamente, no!, estas escuelas los reciben con recetas usadas, empobrecidas, deformadas, al punto tal que, desde hace un siglo, para no hablar solamente de Francia, no hubo un solo gran artista que haya salido de esos laboratorios esterilizados.

Pero el arte, como la vida, renace siempre; la podemos sofocar, embriagar, de la misma manera que podremos matar millones de seres, destruir ciudades, resecar tierras inmensas. La vida, como el arte, resurge en otro lado. Fue un puñado de artistas apasionados por su arte, muriendo de miseria y de desesperación, quienes alrededor de mediados del siglo pasado recogieron y transmitieron la llama: mártires modernos de sus ideales. El arte fue entonces salvado a pesar del Estado. Este, quien pretende dirigir la vida de sus artistas sin tener en cuenta muchas veces sus necesidades, creyendo cumplir todo su deber por ellos, continuaba a no ver nada. Hasta que un día debió rendirse ante la evidencia y reconocer gran parte de sus errores. Entonces aportó más impulso y amplitud a las manifestaciones artísticas: exposiciones internacionales, difusión de las obras, intercambios culturales. El arte moderno ya no estaba condenado al ostracismo, sus artistas más representativos fueron enaltecidos, ascendidos. 

Si todos estos loables esfuerzos deben reconocerse, admitamos también que, frente al hecho consumado, el Estado no debía más que inclinarse; si su razonamiento le había indicado adaptarse, no fue ni su corazón ni su razón lo que lo inspiró. Y aquí radica la causa de todos los malos entendidos. ¿El Estado no se da realmente cuenta del interés que tiene que tener para ayudar, para patrocinar el arte? ¿No se da cuenta cuáles son los objetivos o la utilidad? Algo comprende para la cultura a secas, pero ¿para qué hacer algo por la cultura espiritual, las artes y las artes plásticas?

Hace cincuenta años, no se comprendía realmente la cultura del cuerpo, como diríamos: la cultura física. El deporte era casi inexistente. Había algunos adeptos, casos aislados que eran vistos como singulares. Pero el deporte organizado como lo conocemos hoy, publicitando los beneficios para el cuerpo, patrocinado por incursores que miden estadísticas, rendimientos y beneficios; organizadores de grandiosos espectáculos, de una atracción indiscutida, sostenidos por medios publicitarios importantes, tal como lo habían concebido los regímenes totalitarios; es el culto del cuerpo, la exaltación de la materia, el “panem y circenses” de Juvenal.

El pueblo tiene el derecho de reclamar para el arte lo que se ha hecho para el deporte. Que se le den finalmente espectáculos de la misma envergadura, no serán ni menos buenos ni menos encantadores, pero servirán para lo más noble del hombre: su espíritu.

Habría que pensar en grande. Es incluso difícil concebir todo lo que podría hacerse —la misma o mayor transformación a la que hemos tenido en los deportes—. Las arquitecturas en las ciudades o los monumentos, tendrían nuevas formas, nuevas estructuras, mejor adaptadas a la escala de nuestra época, la pintura sería devuelta a su verdadero destino, que no es la pintura de caballete, sino que el arte tiene que estar en las calles, espectacular, compañero de todos. Y es solo de esa manera que puede ser del pueblo. Este pueblo tiene una gran sensibilidad, está ávido de aprender, de conocer, comprende y se interesa, pero también tiene un rechazo profundo a todo lo que es mezquino, insignificante (y es lo que, en nombre del arte, se le sirve diariamente en bandeja). Tiene necesidad de emociones fuertes, choques violentos, las cursilerías (“saint sulpiceries”) no sabrían emocionarlo. En cuanto al arte moderno, este no le genera temor y podría comprenderlo perfectamente, pero lo convencen de que no está hecho para él. En realidad, lo que lo confunde son los círculos cerrados en los que debe confinarse el arte, ya que no se le dan los medios para manifestarse como debería ser.

El arte para el pueblo es una importante cuestión, con una amplitud que supera las columnas de un artículo periodístico. Si queremos encontrar soluciones, habría que volver muy lejos para atrás. Para restringirnos, podemos constatar que poder hablar del arte para el pueblo ya es un gran paso. Los espíritus superiores sienten la necesidad. Si hasta ahora no lo habíamos logrado, es que el tema había sido planteado sin verdadero amor por el arte o por el pueblo. Los que ven claramente todo lo que hay que hacer, retroceden espantados ante el inmenso trabajo que hay por delante.

Los mensajes espirituales de las artes son mucho mas necesarios para las masas de lo que se cree comúnmente, al mismo nivel que la conciencia y los grandes sentimientos humanos. No es el privilegio de unos pocos, de una cultura, de una comprensión, sino que es una necesidad humana para los hombres que tienen un alma. Y cuando se afirma que el arte no es para el pueblo, se está reconociendo que el pueblo no tiene alma. Es inimaginable que una época que se jacta de ser inteligente tenga tales aberraciones.

 

Germaine Derbecq

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