1899-1973

Germaine Marie Derbecq nació el 3 de enero de 1899 en París. Fue la segunda hija de César George Derbecq, un prestigioso farmacéutico y de Marie Zenaide Bertini Le Roy.

A temprana edad, se inclinó por la pintura. Cuando fue llevada al Salón de Otoño de París quedó conmovida por el cuadro La lección de piano de Matisse.

Años más tarde, ingresó a La Grande Chaumière y luego, es en la academia Ranson, donde conoce a André Lhote, quien será uno de sus grandes maestros. En esa época, se hizo amiga de artistas consagrados como Laurens, Lipchitz, Le Corbusier, Gargallo, Beaudin, Suzanne Roger. Otros maestros con los que estudió fueron los artistas Maurice Denis, Paul Sérusier y Juan Gris.

En 1918 expone por primera vez en el Salon d´Automne. Para ese entonces, conoce a
Pablo Curatella Manes, un escultor argentino, quien será su compañero de vida. En 1922, contraen matrimonio.

A partir de esa fecha y hasta 1930 expone con continuidad en el Salon des Indépendants. Posteriormente, lleva a cabo exposiciones en el Salón de Surindépendants hasta 1938.

En 1933 inspirada en un cuadro de Rubens pinta Las tres gracias. Dicha obra motiva a su marido a retomar la escultura y Curatella a su vez, realiza una obra con ese mismo título.

Un año después nace su hijo, Jorge.

A comienzos de la Segunda Guerra, la familia se traslada a Vichy ya que su marido, además de artista, trabajaba en la Embajada Argentina y recibe la orden de cambiar de residencia. Durante ese tiempo de privaciones, realizó una serie de dibujos al carbón y bosquejos de cuadros que pintaría años después. Los mismos significaron un cambio en su estilo por el pasaje de la figuración a la abstracción.

Finalmente, entre 1946 y 1948 logra exponer esos óleos en el Salon des Surindépendants.

A principios de 1951, se traslada junto con su familia a la Argentina. Pronto, se integra al mundo artístico y consigue un destacado reconocimiento como curadora y crítica de arte por su compromiso en la promoción de artistas en Buenos Aires.

Entre 1960 y 1963 como directora y curadora en la Galería Lirolay fue una valiosa difusora de las nuevas tendencias artísticas. Durante esa época pujante para el arte argentino, promovió la exhibición de obras de: Luis Wells, Antonio Seguí, Jorge López Anaya, Carlos Alonso,  Rubén Santonin, Marta Minujin, Nicolás García Uriburu, Federico Peralta Ramos, Luis F. Noé, Rómulo Macció, Ernesto Deira, Jorge de la Vega, Alberto Greco, Rogelio Polesello, Pablo Suarez y otros.

 

Desde 1953 hasta 1972 escribe con entusiasmo una crónica semanal en el diario francés

“Le Quotidien”, dirigido por Jean Hartmanshenn.

Viaja a Francia y el 9 de febrero de 1962, junto a su marido, realiza una exposición en la galería Creuze de París, titulada Pablo Manes y 30 artistas argentinos. Este acontecimiento constituyó un encuentro entre un precursor del arte moderno argentino con los jóvenes artistas de la vanguardia de ese momento.

A partir de 1968 realiza cuadros que denomina “múltiples” con el propósito de hacer el arte accesible al gran público. Su lema era: “Cómprese un múltiple al valor de un par de zapatos”.

En 1970  junto con tres amigas, Silvia de Ambrosini, Odile Barón Supervielle y Lidy Prati funda el diario “ARTINF”, una publicación especializada en artes plásticas que marcó un hito en el país.

Falleció en Buenos Aires el 22 de diciembre de 1973.

 

Palabras de Germaine sobre su vida

Nací en París con el siglo: con el arte nuevo, el subterráneo, los fonógrafos y el cine.

Ma bonne (niñera en francés) solía leerme el Evangelio. Los grabados del libro que reproducían cuadros célebres, despertaban mi interés.

Un día, mi hermana mayor me mostró su caja de acuarelas. Quedé tan deslumbrada que me regaló una para mi cumpleaños.

En la biblioteca familiar, había dos magníficos libros que reproducían los cuadros y las esculturas de los grandes maestros. Tenía 7 años y esas bellas imágenes me llenaban de respeto y de pavor.

Cuando contaba con 10 años, me llevaron al Salón de Otoño. Mi ángel guardián me condujo ante un cuadro de Matisse: “La lección de piano”. Una descarga eléctrica no me hubiese sacudido más. Quedé como clavada en el suelo, fascinada. El recuerdo de esa emoción sigue vivo en mí.

Se decidió en familia tomar esta vocación naciente más en serio y me inscribieron en una escuela de dibujo. Era preciso llevar carbonilla, papel ingres y miga de pan.

El primer yeso que tuve que copiar representaba una manzana, sin hoja. Con hoja, era para las alumnos mas avanzados.

Al fondo de la gran sala, había un rincón misterioso, oculto por lienzos: era el modelo vivo. ¿Cuándo sería admitida a ese santuario? Matisse había quedado olvidado entre los yesos fastidiosos que reinaban.

Mi madre, siempre vigilante, había advertido en mí signos de cansancio, acaso de rebeldía; decidió que era preciso comenzar a pintar.

El olor de la pintura y las librerías artísticas provistas de materiales para los artistas, me ponían en un estado de euforia.

Tenía 15 años, cuando decidí ingresar a alguna academia.

El primer modelo desnudo en la Grande Chaumière, no podía mirarlo. Pero pude atraversar esa barrera. Pronto me convertí en una habituée. Todos los días, después de clase, puntualmente, iba a hacer croquis.

Delinear nalgas, pechos es interesante, pero la construcción del cuerpo es harto más bella.

Una amiga me dijo: “Ven a lo de Ranson, es la única Academia donde se aprende algo.” Ahí, estaban Serusier, Maurice Denis.

Por fin, encontré un profesor, uno auténtico: André Lhote. Con él se aprendía y se comprendía. Estaré siempre agradecida.

Tuve guías inestimables: mi compañero en la vida, Pablo Curatella Manes, apasionado de su arte y tan clarividente; los amigos de esta época maravillosa: Maurice Raynal, Juan Gris, Le Corbusier, Laurens, Lipchitz, Gargallo, Teriade, Suzanne Roger, Beaudin.

La guerra desató mi drama interior. No más pinceles ni colores. Un lápiz, una goma. Cinco años de dibujo. Como lujo, algunos lápices de color. No más amigos artistas. Mi caja de colores, abandonada, por un éxodo difícil en la casa familiar, y saqueada junto con todo lo demás, fue el símbolo de su propia inutilidad de antaño. Ella me había ocultado la verdadera riqueza, la que consiste en hacer algo de nada.

Un día fue preciso retomar los pinceles. No obedecían ya como antes. Hubo que recomenzar, reanudar, ajustar a las exigencias de la pintura lo que el lápiz me había enseñado.

Creo que mi hijo, que pintaba admirablemente, como muchos niños, tiene algo que ver en este cambio.

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